Estaba hablando con un chicotote de 4 de la ESO bastante creativo y
hemos llegado a la conclusión: conviene humanizar los ejercicios de
matemática. Me refiero a sus enunciados. Se trataría de globalizar la
educación, de sacar el máximo partido a los ejercicios -irreales y
sosos- de matemáticas.
Se trata de pasar de "En una granja hay 3 pollos y 4 ovejas. ¿Cuántas
patas hay?" a "Manolo, un abuelo centenario poseedor de la salud de un
roble, tenía entre sus casas una bonita granja, llena de execrables
animales. Su hijo mayor era el que de ocupaba de los polluelos y
ovejas que malvivían en su apestoso establo. Para remediar esa penosa
situación, el hijo, Sosofo, hizo una zapatilla para cada pata de cada
animal. Un nefando día, un fiero lobo entró en el establo con sus
amigotes lobos y raptó -para su posterior ingesta- varios pollos y
algunas ovejas. Sosofo llamaba por sus nombres a los pollos y las
ovejas, y no respondieron ni los pollos Jandro, Jindro y Jibdro, ni
las ovejas Paca, Pacarra, Pacorra y Pecarra. El pobre Sosofo estaba
aturdido porque no sabía qué hacer con los calcetines que sobraban.
¿Cuántos le sobraban?".
Además de humanizarlos haciendo algo más creíbles los enunciados
-¿quién compra 15 sandías?- y de conseguir que lean en todas las
clases y se diviertan, se consigue -y en esto soy de ciencias- que
sepan distinguir la literatura del dato, que es lo que interesa al
científico.
Anda que no. (Venga, venga: que no siempre hay que ponerse trascendental...)
jueves 1 de marzo de 2012
lunes 27 de febrero de 2012
Se necesitan lovesymbols
He estado esta mañana en un funeral. De vuelta, venía considerando qué rápido pasa el tiempo. He visto varias cosas que han llamado mi atención: una chica llorando por el móvil, y un cartel de Marilyn Monroe ("Película imprescindible"... de lo más prescindible). Y he unido cabos. En un juicio (tal vez temerario: vete tú saber si la tal Monroe fue feliz) me he dicho que lo que necesitamos no son sexsymbols, sino lovesymbols. No creo que esa palabra exista. Pero debería. Ahí la proponemos, va. Modelos de gente que ha sabido amar. Y
ya que estamos, pensaba, necesitamos gente con loveappeal (otro posible neologismo): gente cuya actuación habitual nos lleve a amar, no a desear su carne. Eso mejoraría el mundo. Seguro.
ya que estamos, pensaba, necesitamos gente con loveappeal (otro posible neologismo): gente cuya actuación habitual nos lleve a amar, no a desear su carne. Eso mejoraría el mundo. Seguro.
sábado 25 de febrero de 2012
Una de motivación
Si uno dice "sigue hambriento, sigue alocado", todo el mundo sabe que se debe a Steve Jobs, el CEO de la década, el gurú.
Pero si uno grita "Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes", además de recitar un resumen del perfecto manual de motivación, se dará cuenta de que casi nadie sabe que se está citando a Agustín de Hipona, a san Agustín, en uno de sus sermones, el 169. Por eso escribo este post. No sabemos lo que tenemos en la nevera.
Pero si uno grita "Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes", además de recitar un resumen del perfecto manual de motivación, se dará cuenta de que casi nadie sabe que se está citando a Agustín de Hipona, a san Agustín, en uno de sus sermones, el 169. Por eso escribo este post. No sabemos lo que tenemos en la nevera.
viernes 24 de febrero de 2012
Ptolomeo, Copérnico y el aborto
Un buen mejunge vamos a hacer con estos tres elementos.
Sobre Ptolomeo, del s.II a.C, conviene saber que es el defensor del
geocentrismo -la tierra como centro del universo conocido entonces-
por antonomasia. Su sistema representaba con muchas precisión -como
dice la wikipedia- "los movimientos aparentes del Sol, la Luna y los
cinco planetas entonces conocidos, mediante recursos geométricos y
calculísticos de considerable complejidad; se trata de un sistema
geocéntrico según el cual la Tierra se encuentra inmóvil en el centro
del universo, mientras que en torno a ella giran, en orden creciente
de distancia, la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y
Saturno". Dicho de otro modo: cubría las expectativas, salvaba las
apariencias, lo que parecía ser. Hoy diríamos que "daba el pego". Pero
en el renacimiento hubo alguna mayor precisión en las observaciones
astronómicas, lo que complicó mucho ese salvar las apariencias...
aunque no lo hizo imposible. Se introdujeron hábilmente en el sistema
"decenas de nuevos epiciclos, con lo cual resultó un sistema
excesivamente complicado y farragoso", pero asombrosamente útil para
medir y prever la situación de los planetas. Muy preciso. Pero falso.
La segunda palabra del post: Copérnico, el hombre del renacimiento.
Fue, siguiendo la intución antiquísima de Aristarco de Samos, quien
después de 25 años de estudio cambió la teoría y se pasó al
heliocentrismo: el sol sería el centro del universo conocido.
Copérnico pasó cerca de veinticinco años trabajando en el desarrollo
de su modelo heliocéntrico del universo. Me quedo con el lacónico
comentario de wikipedia: "En aquella época resultó difícil que los
científicos lo aceptaran, ya que suponía una auténtica revolución". La
apariencia debía ser salvada, a pesar de la verdad.
El aborto. Conocido y practicado con mayor técnica desde que el hombre
camina erguido. Ya en el juramento hipocrático -Hipócrates: ese griego
de antes de Cristo-, se pedía ayuda a los dioses para no incurrir en
un sencillísimo recetar bebidas ponzoñosas que induzcan a abortar. O
palabras similares. Tiene mérito: el médico de aquellos tiempo era,
con mucho, el mejor conocedor de las hierbas que mataban sin que se
notara. Otra vez las apariencias.
Y ahora, a juntarlos, que bien sencillo es. ¿Qué argumentos tienen los
que defienden el aborto? No están a favor de matar a un ser humano.
Pero aquello no parece humano, no tiene apariencia humana... todavía.
Por eso inventan palabras como pre-embrión, o pre-feto o pre-niño.
Para salvar las apariencias. Si el niño no podemos matarlo, a alguien
que no es niño, sí. Nunca sabremos si será niño, porque ya no seguirá
adelante. Se trata de ver en qué semana, en qué día... Se trata de
añadir un epiciclo ptolomaico. Y así, su sistema cuadra. Pero no es
verdad. Sencillo, pero penoso: sencillamente penoso. Se puede aplicar
al respecto lo mismo que wikipedia dice de Copérnico: "En aquella
época resultó difícil que los científicos lo aceptaran, ya que suponía
una auténtica revolución".
jueves 23 de febrero de 2012
¿Miércoles de ceniza en el s.XXI?
Ayer, miércoles de ceniza, en una sencilla ceremonia se impuso la ceniza a quienes quisieron. Por la tarde, un chico de casi dieciocho, me comentaba las palabras de un amigo suyo: "me parece una parida. Si al menos fuera un sacramento... Pero estas cosas...". Supongo que se quedó tan ancho. No me parece raro. "Se está perdiendo el valor de los símbolos", podría decir. Y me equivocaría. Lo que se está perdiendo no es eso, sino el conocer su significado, que no es lo mismo. A todo el mundo, culé, le parece normal que en el minuto 22 se aplaudiera... a Abidal. O que al iniciarse los partidos, suene el himno. Como estos, miles de ejemplos. Sólo que hay que estar implicado para saber qué está pasando ahí. Ese es el problema del amigo de mi amigo. Y el de muchos. No nos sobran los símbolos. Nos encantan: el hombre es una animal simbólico, el único. Pero hay que aprenderlos. Y reaprenderlos.
La ceniza es un símbolo muy potente. "Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris": recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo volverás, señala la ceremonia, citando a la Biblia. "Pero polvo enamorado", añadió -que no inventó: la Iglesia sabe que no somos cualquier tipo de barro, sino uno querido por Dios- Quevedo en un poema impresionante. Somos polvo enamorado. Gran visión del hombre. La ceniza que se impone en las cabezas no es, a su vez, una ceniza cualquiera. Dicen las instrucciones litúrgicas de ese día: "En la misa de este día se bendice y se impone la ceniza hecha de ramas de olivo o de otros árboles, bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior". O sea, que está hecha de los ramos, de la alabanza. Quieren sugerir que esto se acaba, para que, con lo mejor de lo que hemos hecho, vayamos a otro lugar. Todo eso es la ceniza: un símbolo que nos recuerda que esto se va y que hay que aprovecharlo, porque es buenísimo.
Aprovecho para recordar lo que el mismo Papa ha dicho sobre la cuaresma este año en su Mensaje. Cada año envía uno, vía internet. Mejor omitir los prejuicios y leerlo. Para eso, basta apretar en el link: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20111103_lent-2012_sp.html
O, para los más tecnollauros o perezoso, ahí va, enterito, el mensaje:
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2012
«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)
Queridos hermanos y hermanas
La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.
Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.
1. "Fijémonos": la responsabilidad para con el hermano.
El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).
La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.
El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.
2. "Los unos en los otros": el don de la reciprocidad.
Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.
Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
3. "Para estímulo de la caridad y las buenas obras": caminar juntos en la santidad.
Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.
Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 3 de noviembre de 2011
BENEDICTUS PP. XVI
© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana
La ceniza es un símbolo muy potente. "Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris": recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo volverás, señala la ceremonia, citando a la Biblia. "Pero polvo enamorado", añadió -que no inventó: la Iglesia sabe que no somos cualquier tipo de barro, sino uno querido por Dios- Quevedo en un poema impresionante. Somos polvo enamorado. Gran visión del hombre. La ceniza que se impone en las cabezas no es, a su vez, una ceniza cualquiera. Dicen las instrucciones litúrgicas de ese día: "En la misa de este día se bendice y se impone la ceniza hecha de ramas de olivo o de otros árboles, bendecidas el Domingo de Ramos del año anterior". O sea, que está hecha de los ramos, de la alabanza. Quieren sugerir que esto se acaba, para que, con lo mejor de lo que hemos hecho, vayamos a otro lugar. Todo eso es la ceniza: un símbolo que nos recuerda que esto se va y que hay que aprovecharlo, porque es buenísimo.
Aprovecho para recordar lo que el mismo Papa ha dicho sobre la cuaresma este año en su Mensaje. Cada año envía uno, vía internet. Mejor omitir los prejuicios y leerlo. Para eso, basta apretar en el link: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20111103_lent-2012_sp.html
O, para los más tecnollauros o perezoso, ahí va, enterito, el mensaje:
MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2012
«Fijémonos los unos en los otros
para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)
Queridos hermanos y hermanas
La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.
Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.
1. "Fijémonos": la responsabilidad para con el hermano.
El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).
La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.
El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.
2. "Los unos en los otros": el don de la reciprocidad.
Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.
Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
3. "Para estímulo de la caridad y las buenas obras": caminar juntos en la santidad.
Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.
Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).
Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 3 de noviembre de 2011
BENEDICTUS PP. XVI
© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana
lunes 20 de febrero de 2012
Otra de McDonalds
El otro día fui con un amigo al McDonalds, a malcomer. Digo malcomer en cierto sentido: siempre es buena comida la que se pasa con un amigo, aunque sea mala la que se toma. No es lo mismo tomar que pasar una comida. Y pasaron ciertas cosas...
Aunque hace años me hubiera partido de risa allí mismo, me sorprendí a mí mismo en mi calma. Oí impertérrito el pedido de un hombre de mediana edad embutido en un traje oscuro: "Póngame un macmenú 5 y una cocacola. Y un macflurry...". Eso, de un tirón. Y con una seriedad judicial.
Más.Pude leer con mis propios ojos lo siguiente, en el envase de las patatas:"No hay mejor amigo que unas patatas fritas, siempre están ahí y sólo cuando faltan las echas de menos". Y luego te comenta, con una brevedad que se agradece, que "nuestras patatas se fríen con aceite 100% girasol". (O sea, con el peor de los aceites. Por lo visto, mejor freír con aceite de oliva: es más resistente al calor y evita que los alimentos absorban tanta cantidad de grasa. Eso dicen los que saben. O sea que los de McDonalds no saben. Y lo ponen como si fuera un logro).
¿No tiene McDonalds un departamento de marketing? Creo que tienen dos problemas: el encargado actual, y el miedo al vacío (horror vacui, se decía antes). En cada uno de los envases hay obligatoriamente una frasecilla simpática. Digo "simpática" para conceder al autor su buena intención: no lo ha logrado en ningún caso. Hay instrucciones de cómo se bebe la bebida, por si algún imbécil de remate llega y se sienta en la silla por casualidad. Y, lo mejor, si las sigues (cosa que hicimos en cierta ocasión, para mayor jolgolrio de los asistentes...) no se consigue necesariamente lo que se pretende: beber. No estoy sugiriendo que haya que dejar los envases vacíos, pero tampoco pasaría nada.
Quizás el problema es que la gente que come sola -que los hay- tiene que distraerse mientras come, y el móbil se ensucia: "mira, qué simpáticos, los de McDonals: ¡unas patatas con instrucciones sobre qué es un amigo...!".
Realmente, estamos haciendo del fast-food una mentalidad.
La próxima vez iré al BurgerKing...
viernes 17 de febrero de 2012
¿Bautismo?
Leo con estupor teñido de una sonrisa comedida una noticia que me envió un amigo hace unos días. Ahí va el resumen: "El Ayuntamiento de Burjassot celebró ayer el primer acto de bienvenida a la comunidad civil (una especie de bautizo laico). Carmen, la hija de la diputada nacional del PSPV Carmen Montón fue ayer la protagonista de la ceremonia oficiada por el alcalde de la localidad de L'Horta, Jordi Sebastià. Se trata del primero de estos actos en el municipio. La treintena de invitados, entre los que se encontraba el expresidente de la Generalitat Joan Lerma, se ofició en el salón de plenos. Hasta ahora ya existía la posibilidad de realizar ceremonias de matrimonio civiles, pero ahora también los más pequeños pueden ser inscritos en un registro de ciudadanía tras un breve oficio laico. La pequeña Carmen está de estreno". La noticia la da una web que se autodenomina laicista.
Las preguntas son obvias: ¿la han sumergido en agua -de ahí el nombre: del verbo "baptizein", sumergir en griego-, para significar que empieza una nueva vida?, ¿podrán darse estas ceremonias en mayores, como se dan el bautismo de adulto?, ¿contra qué pecados originales limpia? ¿Se puede apostatar? ¿Se le ha pedido permiso a la chica? Decir que, por la similitud, es "una especie de bautizo laico", es como comparar una sala de estar y un coche, porque en ambos lugares hay cenicero. Efectivamente, el bautismo introduce al sujeto en la familia de Dios, pero entre eso y comparar...
Los laicistas de esa web son, sobre todo desconocedores de lo que es el bautismo. Por eso lo comparan. Contra eso hemos de luchar. La falta de educación religiosa -ya no de creencia- nos lleva a estos lugares. Eso, por suponer que no hay mala fe.
lunes 13 de febrero de 2012
Leer, cosa de anticuados
"Soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo
más hermoso que la humanidad ha creado". Eso decía Wyslawa
Szymborska, premio Nobel de Literatura en el 1996. Murió hace poco, ya
en febrero de 2012. En La Vanguardia se recogían estas palabras suyas.
Sabía lo que decía. En la actualidad, el fútbol y las pantallas son
los pasatiempos favoritos, que llegan a drogarnos, como dice
perfectamente Suso de Toro en un fenomenal artículo publicado hoy
mismo. Opina el escritor que es un cambio más que tecnológico:
antropológico. Bien podría ser: el hombre es sumamente plástico. El
uso indiscriminado de internet nos hace dependientes y potencia en
nosotros otras capacidades nada despreciables. El problema es que
disminuyen otras, algo más vitales, por lo visto. Es la diferencia
entre el asombro y la fascinación, como me explicaba mi genial
profesor de filosofía. La primera es motor de saber; la segunda,
atonta, porque avasalla con tanto dato que no llega a ser dato porque
no es asimilado. A base de recibir tantos inputs por segundo, hemos
perdido la capacidad de recibirlos. Ya no miramos, sólo vemos. Eso sí:
hemos ganado la de manejarnos a gran velocidad por el ciberespacio.
Somos ratas de internet. Ratas mareadas. Lo que decía Jean Guitton se
está cumpliendo letra por letra. Ahora más que nunca, internet nos
salvará de los idiotas perdidos, que sólo saben dónde están los datos.
Lo que urge -ahora y siempre- es aprender qué significan las cosas y
qué hago con el material que se me ofrece, una vez separados los datos
ciertos de la escoria. Es decir, que a quien sonríe por el simple
hecho acumulativo y cuantitativo de que "en internet está todo", se le
borrará la sonrisa cuando piense -si llega tan lejos- que eso va en su
contra en lo que a su mejor yo se refiere. Sólo quienes tengan cerebro
y no sólo cráneo sobrevivirán. Y gracias a Dios, no son pocos.
más hermoso que la humanidad ha creado". Eso decía Wyslawa
Szymborska, premio Nobel de Literatura en el 1996. Murió hace poco, ya
en febrero de 2012. En La Vanguardia se recogían estas palabras suyas.
Sabía lo que decía. En la actualidad, el fútbol y las pantallas son
los pasatiempos favoritos, que llegan a drogarnos, como dice
perfectamente Suso de Toro en un fenomenal artículo publicado hoy
mismo. Opina el escritor que es un cambio más que tecnológico:
antropológico. Bien podría ser: el hombre es sumamente plástico. El
uso indiscriminado de internet nos hace dependientes y potencia en
nosotros otras capacidades nada despreciables. El problema es que
disminuyen otras, algo más vitales, por lo visto. Es la diferencia
entre el asombro y la fascinación, como me explicaba mi genial
profesor de filosofía. La primera es motor de saber; la segunda,
atonta, porque avasalla con tanto dato que no llega a ser dato porque
no es asimilado. A base de recibir tantos inputs por segundo, hemos
perdido la capacidad de recibirlos. Ya no miramos, sólo vemos. Eso sí:
hemos ganado la de manejarnos a gran velocidad por el ciberespacio.
Somos ratas de internet. Ratas mareadas. Lo que decía Jean Guitton se
está cumpliendo letra por letra. Ahora más que nunca, internet nos
salvará de los idiotas perdidos, que sólo saben dónde están los datos.
Lo que urge -ahora y siempre- es aprender qué significan las cosas y
qué hago con el material que se me ofrece, una vez separados los datos
ciertos de la escoria. Es decir, que a quien sonríe por el simple
hecho acumulativo y cuantitativo de que "en internet está todo", se le
borrará la sonrisa cuando piense -si llega tan lejos- que eso va en su
contra en lo que a su mejor yo se refiere. Sólo quienes tengan cerebro
y no sólo cráneo sobrevivirán. Y gracias a Dios, no son pocos.
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Wyslawa Szymborska
jueves 9 de febrero de 2012
¿Humor... sin límites, pero con gracia?
Así titula La Vanguardia el reportaje sobre las reacciones que se han dado a la gala de los premios Gaudí. Es un contrasentido. A nuestra sociedad, que tiene la inteligencia desnuda de conceptos fuertes, ya solo le queda decir tonterías contradictorias como ésa. Bien. Como yo no trabajo en el diario, supongo que me dará igual llamar a las cosas por su nombre. Y diré: "no todo humor sirve: hay límites. No está bien ofender". La gracia es secundaria en el humor, porque, por encima de todo, es el humor un acto humano. Por eso, puede torcerse y hacerse ruin y malévolo. Al que disfruta con el mal ajeno se le llama mala persona. ¿Hay que volver a educar al respecto? No creo. Simplemente hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Toda esta polémica no es más que una confirmación de que no somos tan relativistas como parece. Ojalá abandonemos ya la careta de lo políticamente correcto.
miércoles 8 de febrero de 2012
El pijama
Se cumple este año el 350 aniversario de la fabricación del primer pijama, en 1662.Todo un hecho humano, al que hay que conceder la relevancia que tiene. Son fenómenos como este los que nos hacen tan diferentes de los animales, aunque a veces lo seamos tanto como ellos. O más. Ya sé que hay de todo: hay quien duerme como le pilla la hora. Otros, en traje de nacer. Pero también estamos quienes dormimos con un pijama puesto: hemos elegido una vestimenta para cada actividad. Eso implica dos cosas: que elegimos (y somos elegantes, que de ahí viene la palabreja), y que nos vestimos: no somos monos con tejanos, sino otra cosa. Tan grotesco como un perro vestido es un hombre habitualmente desnudo.
¡Viva el pijama y viva su humanidad!
¡Viva el pijama y viva su humanidad!
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