domingo, 5 de febrero de 2017

Sully: un homenaje al silencioso bosque que crece

Vi "Sully", otra maravillosa película de Clint Eastwood, en Navidad. Se podrían decir muchas cosas sobre ella y sus protagonistas: con algo de paciencia, se sacan apabullantes lecciones de liderazgo, impecables aplicaciones de la prudencia, y hasta una preciosa lección de inteligencia emocional en el matrimonio y en las relaciones de amistad. Pero, por algún motivo, me ha gustado más todavía destacar lo que el bueno de Sully hace así a su vez al final de la película, cuando se reconoce su pericia y buen talante moral. "No fui yo solo. Fuimos todos". No es literal la frase. Aunque la palma se la lleva la declaración final, tampoco literal (la añado abajo), en pantalla negra: "24 minutos necesitó New York para sacar lo mejor de sí: la ayuda de 1200 personas y 7 ferries".

Esa es la idea: el bien no hace ruido y es eficaz así. Quizás incluso por eso. En efecto, suele sorprende un bien que quiera hacer ruido, porque sabemos que, de algún modo, el bienhechor suele ser magnánimo y desinteresado: pone el fin de sus acciones en los demás, por mucho que uno reciba beneficios al hacer el bien. 

Lo desastroso, los errores, las culpas, eso sí: es el árbol que cae, ruidoso, molesto. Me parece todo un acierto de Eastwood, y un papelón de Tom Hanks, la caracterización que dan a la pesadilla de Sully ¡por haber hecho lo correcto! El ruido de los medios, el ruido de los juicios, el ruido de su "insensatez e imprudencia"...


Pues no: un piloto y su copiloto hicieron lo mejor que supieron. Y la ciudad se ocupó, en 24 minutos, de lo demás: gente anónima preocupada de los demás, sin importar su nombre. 

Dos refranes castizos lo resumen: "Hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece" y "haz el bien y no mires a quién".

Bravo por Sully y NY, y todos los que son así.


sábado, 14 de enero de 2017

No soy un errror

A primera vista (y quizás, hasta a segunda), es esta una película de ejercicio físico y puñetazos. 

Pero resulta que hay algunos temas de calado. 
Si no las has visto, adelante: vale la pena. Pero quizás voy a dar pistas ahora, así que ojo.

Resulta que el protagonista es un jovencísimo empresario que de día está en un momento espectacular -sube como la espuma- y de noche se pega -en algo parecido al boxeo- en tugurios con el primero que se ponga delante. Un día decide que se acabó: que quiere ser boxeador, como su padre, que es, ni más ni menos que Creed, el gran boxeador que aparece en las películas de Rocky. Pero que escogerá el camino angosto: no vivirá del apellido de su padre. Por eso se hará llamar Johnson y se irá a entrenar lejos de Los Angeles.

En un momento dado, se da el dato de que el bueno de nuestro protagonista, el hijo de Creed, era fruto de un affair extramatrimonial del gran boxeador. 

Y aquí entra uno de los mensaje de fondo (otros hay: y los comentaremos más adelante) más positivos de la película. El chico, naturalmente, tiene un trauma como la copa de un pino: tiene metido entre ceja que él es un error. Así: un error. Su padre lo abandonó porque fue un error: una mala noche en que se le fue la cosa de las manos. 

Y el chico batalla contra sus propios miedos. Y si acaba siendo quien es y no se rinde aunque tenga la cara hecha un mal poema (el director de la película lo hace bien, en este sentido), es porque, como él mismo dice tiene un objetivo: "tengo que demostrar que no soy un error".

Mensaje unidireccional, claro y conciso. Blanco y en botella, como me enseñaron a decir hace unos días: ninguna persona es un error. 
El error fue, tal vez, de su padre: por no darse cuenta de eso ya dicho, o por no conceder al sexo la importancia que tiene, mucho mayor de la que se suele dar, y por motivos muy diversos. 

A ver si lo vamos aprendiendo poco a poco.

viernes, 6 de enero de 2017

Te regalo un clip (Los Reyes y los regalos)

En el día de los Reyes Magos se espera uno que esos sabios poderosos le regalen cosas. Ya hay quien no conoce la tradición, pero el relato del evangelio de San Mateo es el que se lee hoy en misa. Un trozo del segundo capítulo, que añadiré al final del post, para quien no lo haya leído aún en su vida.

Y de regalos va la cosa hoy. De vez en cuando, me acuerdo de un hecho real que me contaron. Por lo visto, una persona (ya no un chavalillo) le regaló a su madre, en el día de su cumpleaños, ni más ni menos que un clip. La madre lo guarda con todo su cariño, lógicamente.
Y la cosa da que pensar, no solo por el estado de salud mental del sujeto en cuestión (totalmente sano) sino por el porqué de su regalo. Y en la reacción, totalmente natural, de la madre, cuerda como pocas.

Bien pensadas las cosas -y extremándolas, para ver algo de los límites-, ¿qué es lo que más se aprecia en un regalo? 
Si tomamos la hipótesis de que es el valor, pronto veremos la tontería de regalar un clip. Lo cierto, sin embargo, es que no, que el valor no es lo más importante. ¿De qué me sirve un viaje a Venecia si sé que me odias o que te sobra el dinero y que ese viaje lo ha comprado tu secretaria, a la que sí quieres? Exagero, sí. Pero es para ver el límite. No está ahí el valor, en lo material.
De hecho, cada día más se oyen comentario de "no me traigas nada de valor"; o, incluso, "no valen cosas materiales", cosa que complica ya más el asunto.  ¿Valdría algo un regalo que no fuera material? Depende.

Parece que el valor de lo que se regala está más en el quién y en el cómo que en el qué. 
Un pastel preparado con cariño durante días vale más que uno comprado en una tienda, por caro que sea. Aunque también puede uno comprarlo con todo el cariño y ahorrando concienzudamente por obtener el dinero para tal finalidad. Eso ya empataría las cosas.
Ya se le empieza a ver el plumero al asunto: el regalo tiene de valor lo que tiene de intención de ser regalo. Es decir, de amor: transformar lo que no tenía más en algo totalmente imprescindible. Y eso, esa intencionalidad, ese amor, es inmaterial... y materializable. Y, de hecho, materializado en una cosa concreta que uno acaba regalando. 

Por eso puedo regalar mi tiempo. Puedo regalar una sonrisa. Un poema. Un libro. Y, puedo, clarísimo está ya, un clip porque, como quiero que sea un regalo, lo es.

¡Maravillas de la voluntad libre, cuyo acto propio es el amor, nuestra parte más creadora y creativa!
Así que, sabido esto, basta de preocuparse del precio, y empecemos a preocuparnos en poner amor en lo que regalamos. Eso, por cierto, hará que no den igual ciertos detalles: ahí está -en lo pequeño- el cariño. 


Aquí va el fragmento:

"Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino".

jueves, 5 de enero de 2017

Kubo (o "otro peliculón sobre la el matrimonio y la familia")

El tiempo (de vacaciones) pasa. Conviene llenarlo de modo satisfactorio. Hace un par de días estuvimos por la labor y, efectivamente, lo logramos. Un amigo, experto en cine, nos propuso ver una película de animación hecha con la técnica del stop-motion. "Cielos", pensé, "vamos a morir". Nada más lejos. Salí más vivo: eso te hacen las buenas cosas, que llevan además -gratis- mucho de belleza y verdad consigo.

Total, que además de toda la técnica en colores y preciosa música que llenan la película, tenemos una historia más que simpática. Aventura con fondo, digna de comentario. Pero, como espero que el lector la vea, no pienso explicar nada... y a ver si lo logro. Sólo una frasecilla de cuatro palabras.

En un momento dado, una mujer explica cómo el que era agresor acabó siendo esposo. "Me miró a los ojos y me dijo cuatro palabras que cambiaron mi vida: "Tú eres mi misión"". 

¿No es esa una manera totalmente novedosa de hablar del matrimonio? Pues no. Pero sí es bonita y profunda. Es llevar al extremo la metáfora de la media naranja. Aquí va la expresión que se me vino a la cabeza al ver la película: "El camino del cielo para ti tiene un nombre: el de tu mujer". Eso decía San Josemaría, fiel a la explicación cristiana de siempre. Se dice en pocas palabras, pero no es poco lo que se dice. "El camino del cielo" es el camino de la vida: tu vida misma, pero no tomada de cualquier modo, sino enfocada a la eternidad, en su verdad más profunda, que no excluye ningún aspecto de la vida, por más que a veces les llamemos pequeñeces. Gladiator lo dice a su manera: "lo que hacemos en esta vida resuena en la eternidad". Pues eso, pero acompañado de tu cónyuge y a través de él. "No vas a irte al cielo solo, sino con tu mujer -o marido- y gracias a ella". ¿No es una manera increíblemente elevada de explicar el matrimonio? Todo queda enaltecido: lo corporal, que nunca va solo; lo más espiritual; los hijos y su educación...

La película tiene mucho de metáfora de la entrega de la vida por el otro. 

Y dejamos de lado el tratamiento  que se le da a los ancianos en la familia y el exquisito respeto que se les tiene. Y muchas otras cosas.


PD: Gratis, ahí va un video sobre cómo se hizo la película. Brutal, el laborón que hay ahí. Vedlo aquí.

PD2: Gratis también, unas bonitas palabras de San Josemaría sobre el matrimonio, que explicitan más lo ya dicho: 
"Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; cometerían por eso un grave error, si edificaran su conducta espiritual a espaldas y al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuidado y la educación de los hijos, el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia y por asegurarla y mejorarla, el trato con las otras personas que constituyen la comunidad social, todo eso son situaciones humanas y corrientes que los esposos cristianos deben sobrenaturalizar.
La fe y la esperanza se han de manifestar en el sosiego con que se enfocan los problemas, pequeños o grandes, que en todos los hogares ocurren, en la ilusión con que se persevera en el cumplimiento del propio deber. La caridad lo llenará así todo, y llevará a compartir las alegrías y los posibles sinsabores; a saber sonreír, olvidándose de las propias preocupaciones para atender a los demás; a escuchar al otro cónyuge o a los hijos, mostrándoles que de verdad se les quiere y comprende; a pasar por alto menudos roces sin importancia que el egoísmo podría convertir en montañas; a poner un gran amor en los pequeños servicios de que está compuesta la convivencia diaria.
Santificar el hogar día a día, crear, con el cariño, un auténtico ambiente de familia: de eso se trata. Para santificar cada jornada, se han de ejercitar muchas virtudes cristianas; las teologales en primer lugar y, luego, todas las otras: la prudencia, la lealtad, la sinceridad, la humildad, el trabajo, la alegría..."

martes, 3 de enero de 2017

Lo peor que le puede pasar a quien se busca...

video
... es que se encuentre.

Eso me decía un buen hombre, sabio como pocos. 

Es un modo de decir que tiene algo de propagandístico: impactante. 
Y en ello pensé al ver el video que incluyo en el post.
Un niño que teme a su propia sombra, y huye de ella: labor compleja.

Eso hacen muchos: huir de sus sombras. No reconocer sus errores, vamos. No solo no conocerlos, sino reconocerlos, que es cosa diferente.

Pero ese es el nivel superficial de la frasecilla: lo peor de buscarse es encontrarse. 
Luego está el nivel más profundo, más esencial. El personalismo, esa filosofía que trata de la persona y centra en la persona (Dios es personal también) su estudio, nos dice que la cada una de ellas está hecha por amor y para amar. Es alocéntrica, con lo mal que suena esa palabra. O sea: que tiene su centro fuera de sí. 
El amor consigue que nuestro centro de gravedad está fuera de nosotros... siendo nuestro. Es paradójico. Ya lo hemos comentado en este blog algunas veces. 
Y en este sentido, sí, lo peor que le puede pasar a quien se busca es que se encuentro: el egoísmo no satisface jamás porque estamos pensados para los demás. El egoísta es el eterno insatisfecho que, por eso mismo, tratará de hacer dos cosas: llenar su vida de bienes no personales (o, lo que es peor, de personas usadas como cosas), e intentar que la felicidad de los demás no brille demasiado. 

Por eso, los celos y la envidia son dos de los atributos del egoísmo.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Navidad y fiesta: Jesús, música y luces, familias, y muchos detalles


A veces uno no sabe muy bien cómo hablar de la Navidad. Pero, después de un evento como el que pude vivir ayer -la fiesta de Navidad del colegio donde trabajo-, he decidido hacerlo tomándola como alegoría de qué podría entenderse por Navidad. Alguno no entenderá nada. Bueno.


La fiesta de Navidad fue un éxito: muchos aplausos y madres llorando, felicitaciones a mansalva para los actores y los cantantes, etc. (Aquí, un link al guión y la música) Eso es bonito todo. Pero quisiera dedicar un post -grande, como ellos- a los geniecillos en la sombra. A aquellos que están sin ser vistos. A aquellos a quienes no se aplaude jamás. De eso va precisamente la Navidad, según me enseñaron: Jesús, Dios que se hace hombre verdadero, nace en un pesebre ignoto y escondido. Solo le visitan unos pastores, que no olerían a rosa, y tres reyes o magos que se dejaron la vida por llegar hasta ahí, a través de su ciencia.

Quim Carreras merece una mención especial. No es solamente el guionista -¡este era su guión 21, si no me equivoco!- , sino algo mejor; es, en esta ocasión, guionista a muchas manos: coguionista. Y pienso que es mucho mejor por dos motivos, como mínimo. 
En primer lugar, porque, aunque no es sencillo mejorar sus ideas y su manera de escribir las canciones, en que chiste simpático y seriedad están tan bien mezclados, es capaz de delegar esa labor en otros, a quienes cree capaces de escribir. Esa confianza, me parece, no es muy común en los artistas. 
Y en segundo lugar, es mejor porque hace patente la humildad de ceder en ese verso que parece que no saben cantar y que hay que variar para que el niño -o el profesor, que tiene ya una experiencia que lo hace a menudo cerril- lo meta en aquella canción de Pink Floyd. O de quien sea. 
Además de guionista, hay otra cosa que le honra: su preocupación por los demás. Preocupación que se transforma en ocupación con hechos -muy concretos: fungibles- y palabras. 
Palabras -muy normales: sin afectación- de consuelo y de comprensión y ánimos. Unos whatsaps que le suben la moral a una piedra. Y que hacen equipo, como tanto le gusta a él y a todos.
Y hechos. Hechos tan tangibles como unas hamburguesas velozmente traídas sin más ropas que un pijama y un albornoz, al más puro estilo evangélico de Marcos: quien pueda entender que entienda.

Oleguer Alguersuari, que es casi "una caro" con Quim, merecería también un post entero. Por muchos motivos: la elección de las canciones, que no sólo recae sobre él. Las horas, escondidas, que dedica a preparar las voces, a ponerlas, a retocar lo que toque de quienes no cantan igual de bien que él.

Borja Valls. Otro que tal. Es, con Quim, el encargado del casting de aspirantes a actores, que crece en número a cada año. Un par de inopinadas tardes dedicadas de cabo a rabo a ver la emoción de los chicos en el escenarios. Y eso, sin contar las fotocopias, la dedicación a distribuir papeles y demás cosas que, por escondidas, se me escapan. 
No nos olvidamos, y no lo hará tampoco quien le escuche cantar, de su voz en la obra, y de sus voces, ocultas, de las que ahora mismo hablaremos. 

Porque, sí, hay coristas, que han echado en falta a Louis-Denis Acosta este año. Son coristas que, por bien que se lo pasen, disfrutan de modo proporcional a dos cosas: a la avanzadísima hora de la noche a la que acaban las sesiones de grabación, y a las incontables pistas de más y más voces que adornan desde la lejanía las melodías principales. Un placer casi inaudible a la altura de los oídos más preparados..., como son los de Jesús, para quien los mugidos de un tosco buey y una mula eran perfecto acompañamiento de los angelicales coros. O algo muy parecido.

No nos dejaremos a Quique González y sus ayudantes. Además de revisar el  buen funcionamiento de los telones, ahí está él con su ordenador, que va sacando humo a todas horas, para llegar a unos decorados alucinantes y a unos efectos especiales tan brillantes que la fiesta quedaría reducida a la mitad si desparecieran. Eso, además de ejercer con gran maestría su papel de bombero, siempre dispuesto a apagar cualquier fuego que surja. 


Y luego están las fotos. Las mejores, y no quisiera herir sensibilidades de otros fotógrafos, todavía están por llegar. Las hace, en mi opinión, Paul Mac Manus: si pudieran, mejorarían la realidad fotografiada. Y eso, subido en lo más alto de una escalera, o escondido tras unos faraones o unos niños vestidos de casi oveja... A la que te despistas, ¡zas!, una preciosidad en que se plasma ese momento que dice mucho en poco... 
Ya llegarán, pero tengo una que hizo a los actores después de un ensayo general. Ahí está, encabezando este post. Las que faltan, las añadiré en un preciso y precioso link, aquí mismo.

Maquillajes impresionantes de Jordi López, que también ayuda en los decorados digitales, y que acaba perdiéndose la fiesta porque está en el vestuario en su labor: porque hay un personaje que sale disfrazado de demonio ¡diez segundos!, y para él ha hecho un capolavoro. Por no hablar de sus ovejas increíbles, y el hecho de fabricarlas: la idea hecha realidad. 


O Pablo del Pino y su inestimable "gracias por tu dedicación", con que echa un cálido bálsamo de humanidad en las espaldas de quienes le oyen decir esas sinceras palabras. Y sé que en corto párrafo queda dicho todo, sin decir nada.

Y Joan Planagumà y Pere López, que, desde la dirección del colegio -y con todos ellos, que van pasando por el polideportivo, y hacen que las redes sociales se muevan-, consiguen que mandar no sea usar un látigo o un martillo, cosa no difícil, sino lo siguiente. 

Más invisibles: Norbert Duaso con los atrezzistas y los teloneros, y los focos. Aguantando la gran presión de no saber qué pasa hasta que te lo dicen por primera vez. Y la todavía mayor de pasarse una semana escuchando órdenes... y mandando a adolescentes. Eso sí es mano izquierda.

Y los muchos profesores a los que podríamos dividir, por facilitar el escrito, en dos: quienes aportan su creatividad en los números de su clase, y que por eso merecen una estatua con nombre incluido; y quienes merecen una todavía más hermosa: quienes creen que no tienen esa creatividad y, sin embargo, ahí están, moviendo es esqueleto como pueden, con gesto casi trágico.

Me guardo un párrafo para uno de los grupos más escondidos: los profesores que, literalmente, se comen los marrones de la fiesta. Los que sustituyen a los que están, aparentemente, más de lleno en el fregado. ¡Quiénes más que ellos, que tienen que observar cómo la clase está a medio llenar de alumnos que rondan por el colegio medio vestidos de baile, medios de alumnos...! Una maravilla. 

Seguro que me dejo a gente y, también, a labores de quienes han sido citados. Pero tanto da: eso es la Navidad para mí, y espero que sea algo católico: darse a los demás sin espectáculo, para que el espectáculo sea para los demás. Esconderse para que los demás lo pasen bien y estén contentos. Y eso, bien pensado, ¿no está al alcance de cada uno, en su propio hogar? La receta es fácil de decir, y todo un programa de vida. La dice el protagonista en la fiesta de este año, poniendo de ejemplo a José, el hijo de Jacob: "Pon amor en todo lo que haces, como José". 

¡Feliz Navidad!

sábado, 3 de diciembre de 2016

Optimismo vital

Juan Pablo II era un hombre de gran inteligencia y respuestas impresionantes. Una vez (y otra, que añado al final, que no va del todo con el tema), una persona de confianza le preguntó a bocajarro cómo veía el futuro del mundo y de la Iglesia. Después de unos segundos, sonrió y le devolvió la pelota con dos palabras: "con optimismo". 

Reconozco que cuando leí esta anécdota, me quedé un poco bloqueado: no me la esperaba. Me pareció, como decía antes, una respuesta inteligente, ingeniosa, profunda y, sobre todo, coherente. ¿Coherente? Eso mismo, sí. Porque, bien pensado, ¿qué otra cosa va a decir un hombre de fe? Es decir, un hombre que tiene una visión tan vigorosa -con un vigor prestado, pero hecho propio- que permite ver las cosas desde el punto de vista de Dios. Eso hace la fe con los creyentes. (El modo en que lo hace no es tema que toque ahora discutir: basta ver la vida de los santos para darse cuenta de que algo hay). 

La fe te presta las gafas de Dios. Lo cual es, dicho sea de paso, algo que parece a una espada de doble filo: es una arriesgada seguridad. El optimismo y la ayuda -gracia- vienen de serie, por decirlo de algún modo, pero no el esfuerzo que uno ha de poner para arremeter con todos los obstáculos (uno mismo incluido).

Pues bien. ¿A qué viene todo esto? A que basta con hojear un diario o ver cualquier telediario para darse cuenta de que la mayoría de personas que poblamos el planeta tierra no somos así de optimistas.

Sobre ese particular quería yo hablar. Pienso que se trata de algo subjetivo (propio del sujeto) que actúa sobre lo objetivo, realzando lo positivo sobre lo negativo. Especialmente en las situaciones en que cuesta verlos. 

Se habla del vaso medio lleno o medio vacío. 
El optimista diría que está medio lleno. Y, en caso de vaso vacío, que tenemos vaso, que estaba lleno y que, por tanto, puede llenarse aún.
El optimismo no es solo subjetivo: también es objetivo. El optimismo no llena el futuro de bien, pero sí lo muestra posible. Y lo hace a partir del pasado bien analizado. Si no, no es optimismo: es tontería. Hay que contar con todas las bazas: las malas, ya ocurridas, y las buenas, pasadas y capaces de suceder todavía. El vaso ya no está lleno, pero lo llenaremos.

Decía Shakespeare en su inmortal Otelo: "Tomad el lado bueno de las cosas: más vale tener las armas rotas que las manos vacías". 
Otros refranes populares van a lo mismo: "yo no fracaso: tomo experiencia y aprendo".

No voy a cargar ahora la mano con frases de santos o gente religiosa, pero me vienen varias a la cabeza. Y diré dos. Pero antes, una idea. Aunque he intentado dar la razón de esto al principio, aquí va otra idea: la fe en un Dios Padre (y no solo Todopoderoso) cambia el planteamiento de partida... y de final. 
Me explico: si sabes que el partido va a acabar bien (lo estás viendo en diferido porque estabas trabajando, por ejemplo), lo ves con más ganas, sobre todo cuando a principio pierdes. Y más si te están dando una paliza. Porque sabes dos cosas: que estás perdiendo, cosa innegable, y que vas a remontar. 

Lo dicho. La primera, de san Agustín, en su sermón 80
Abundan los males, pero Dios lo quiso. ¡Ojalá no abundaran los malos y no abundarían los males! «Malos tiempos, tiempos fatigosos» —así dicen los hombres—. Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros; como somos nosotros, así son los tiempos. Pero ¿qué hacemos? ¿No podemos convertir a la vida santa a la muchedumbre de los hombres? Vivan bien los pocos que me escuchan; los pocos que viven santamente soporten a los muchos que viven malvadamente.
No hay peligro -lo digo para quien lo piense- de que Agustín se meta en el saco de quienes lo hacen bien y llame de todo a quienes lo hacen mal. El mismo que dice eso escribió Las confesiones, donde se pone a parir a sí mismo; y además, bien leídas esas líneas, lo que hace es, precisamente, cantar las cuarenta a sí mismo y a quienes le escuchan.

La segunda frase, breve y menos llamativa, viene del Papa actual, en su Misericordia et misera, la última carta que ha escrito. Señala allí que
Durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», he podido darme cuenta de cuánto bien hay en el mundo. 

¿Y qué?
Pues que de eso se trata: de ver que, entre tanto cieno y mal, hay cosas buenas. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Pero para darse cuenta de eso hay que haber sido educado también. Más trabajo para padres y maestros. Y para uno de nosotros. 




PD: Decía al principio que las respuestas de San Juan Pablo II eran desconcertantes pero certeras, precisas y realistas: impresionantes. En una ocasión, un periodista se le acercó y, de sopetón, le disparó un "santidad, ¿cómo definiría a la Iglesia en una palabra?". Y él, ni corto ni perezoso, resumió toda la eclesiología (y demás ramas de la teología) en un impecable e inapelable concepto: "salvación". 
Aplausos.

PDII: NO he dicho en todo el post que sólo el católico u hombre de fe pueda ser optimista. Pero digo ahora que sí debe serlo. Y que bienvenidos sean los demás.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Lo que valen las personas (Otra de "El agente secreto")


A ya pocas páginas del final de "El agente secreto", ese gran libro de Joseph Conrad, el narrador nos regala una joya: una frase que nos va como anillo al dedo; que da que pensar.
"La mente del señor Verloc carecía de penetración. Bajo la errónea impresión de que el valor de los individuos reside en lo que son en sí mismos, no le era posible comprender el valor de Stevie a los ojos de la señora Verloc. Ella se lo estaba tomando endiabladamente a la tremenda, pensó para sí".
Para que se entienda, Verloc es el agente secreto. Su mujer acaba de perder a su hermano, una persona joven -Stevie- con un cierto retraso mental, patente en todas sus actuaciones. El drama se masca en el ambiente. Y entonces aparece la frase citada.
Digo que vale la pena darle vueltas a la frase, porque es un digno ejemplar de un hecho que ocurre muy a menudo: la verdad y sus capas. Veamos poco a poco, dentro de lo que se nos permite en un blog.

El valor de los individuos, supone Verloc, reside en lo que son en sí mismos. En nada, podría deducirse de su reacción.

El narrador, por su parte, corrige su suposición -la llama "errónea"-, y da la causa de su error: "la mente del señor Verloc carecía de penetración"; esto es, por no pararse a pensar, no se daba cuenta de que hay más, de que el valor de Stevie era el que tenía "a los ojos de la señora Verloc".

Aquí hay que pararse un poco, pero sin perder el cerebro.
Se está hablando del valor de un individuo, de dónde reside, y de cómo darse cuenta de ello.

Parece que Verloc se confunde: en eso estaríamos de acuerdo casi todos. Hay por el mundo algunos que no lo ven claro: creen que el valor de gente con disminuciones cognitivas, o del tipo que sea, es menor. Para ellos va la frase del narrador: su "mente carecía de penetración", quedándose en la superficie del asunto, en lo visible.

El problema está en que el giro que da el narrador pensando en la señora Verloc es también, paradójicamente, una muestra de falta de penetración. Algo muy propio de nuestro siglo, por otra parte. 
Y ahora hay que agarrarse e ir poco a poco. 
El valor de los individuos no está en su capacidad, como piensa Verloc, pero tampoco en lo que son "a los ojos de cualquier señora Verloc". Eso lo haría depender de lo subjetivo: tienes valor porque te lo doy. 
El asunto está en dar otra vuelta de tuerca, en bajar a otra capa de la verdad. Porque resulta que, sin querer, el narrador acierta en el modo de decirlo, a la vez que falla en el de vivirlo. 
Por pasos. La frase correcta es "el valor de los individuos reside en lo que son en sí mismos". Ni una coma le falta. Son personas humanas, con una dignidad infinita, a pesar de todos los pesares: de su incapacidad actual para actuar o pensar. "Lo que son en sí mismas" implica eso mismo: por ser personas, son dignas. No hay que añadir nada más. Así de fuerte es el valor de la persona. 

El fallo está en quedarse en la función y abandonar la dignidad. En quedarse en lo que "son en sí mismas en apariencia" y no bajar a lo que "son en sí mismas en el fondo". O sea, que hay que abandonar el "es en sí misma un síndrome de Down" y pasar a "es en sí misma una persona, con síndrome de Down".

Y hemos llegado al final. La persona es el nombre importante. El adjetivo o adjetivos que les pongas depués, sólo la decoran, para bien o mal, pero siempre accidentalmente. La persona es digna siempre, por el simple -gratuito y querido por Dios, dice el cristianismo: ¡simple!- hecho de ser persona.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Educación y falsas esperanzas (Cielo de octubre, ese peliculón)

Hace ya unos días pude ver esta magnífica película. La vi en el colegio, con mis alumnos. E hicimos un cinefórum. La recomiendo con todas mis fuerzas. Para adolescentes. Y para padres. Mejor aún si se ve unos con otros, porque uno de los suculentos temas de los que se puede hablar -el más importante, tal vez- es la relación padre-hijo.

Pero ahora vamos a ir a otro de ellos, algo más secundario. La historia, basada en hechos reales, narra la historia de los inicios de la profesión de un científico de la NASA: el asombro, que es siempre la chispa que enciende la pasión intelectual, la pasión por el conocimiento, por la verdad. En su caso, por el espacio. 

Vamos a dedicar unas líneas a eso mismo: al amor a la verdad, en sus múltiples aspectos, como único motor imparable. 

En la película, como ya hemos dicho de refilón, hay un personaje clave: el padre. Es minero desde siempre: en el pueblo donde viven es la ocupación mayoritaria. Además, es el jefe de la mina. Se enfrenta, con gran severidad pero mayor justicia, a los miles de problemas que da el trato humano en un trabajo como ese. Y otro además: por lo visto, el carbón se está acabando y hay quien piensa en cerrar la mina. 

A todas esas, su hijo menor, el protagonista, después de un hecho clave que no pienso revelar, decide que quiere trabajar en un cohete y que le interesa mucho más el espacio que la mina. 
Ante esta situación, la frase del padre a su mujer es demoledora: "A nuestro hijo tenemos que darle una educación; no, falsas esperanzas".

Digamos para empezar que, en educación y enseñanza, es básico que haya esperanzas verdaderas. Tomemos "básico" en el sentido fuerte: la base sobre la que se construye: un porqué por el que estudiar o por la cual educar a nuestros hijos o alumnos. 

Pues bien -y esto va a sonar como algo fuerte e inamovible porque así es y así se ha pensado durante muchos siglos-, solo el amor a la verdad pueden cumplir hasta el final ese papel de base educativa. Eso incluye, obviamente, la existencia de la verdad y la posibilidad de alcanzarla. Los demás sucedáneos fracasan tarde o temprano: trabajar por dinero, por la fama, por el éxito, o por lo que sea sin la verdad, no funciona. 
El hombre es un animal muy especial: abierto a lo espiritual (zoon logon, decía Aristóteles), y que se alimenta no sólo de comida, sino de la verdad en sus múltiples variantes. 
Por eso a nadie le gusta que le engañen, como bien recordaba Agustín de Hipona (San Agustín, sí) en sus Confesiones de modo genial: "He conocido a muchos a quienes les gusta engañar a los demás; pero a nadie que quiera ser engañado". Por cierto que un día me dijo un chico: "Pues sí: a veces una madre se deja engañar por su hijo pequeño, o no tan pequeño". Es una falsa excepción, como se comprende fácilmente: si se deja engañar es porque sabe que le engañan, lo cual ya no es un engaño, sino una clase de teatro por parte de la madre.

Podrá decirse que hay quien trabaja sobre hipótesis. Así es, pero las hipótesis presuponen la verdad, a la que quiere llegarse con ellas. Mejor dicho: esas hipótesis cumplen (como si de teatro se tratara) el papel de la verdad, de modo que, en la investigación, se trata de ver si ese papel es el suyo o hay que seguir buscando. 

Por suerte, nos falta mucho por saber. Pero ya hay cosas que sí sabemos. Negarlo es, paradójicamente, afirmarlo sin querer. Ahí está la gran tontería de un cierto relativismo torpe, por poco matizado y poco reflexivo, tal vez.

Resumen posible: lo que el anhelo de ir al cielo (y conocerlo) es para el protagonista, hemos de encontrarlo -la verdad está en cada cosa- para cada alumno. Y ahí se unen educación personalizada y verdad. Y no en el tan equivocado "que cada cual llegue a su verdad". Son matices, pero de lo más importantes. La verdad -la realidad- pasa por delante.

Para acabar, citar un librazo imprescindible (así lo digo, sí) de Christofer Derrick, de título clarísimo y de subtítulo todavía más claro: "Huid del escepticismo. La educación como si la verdad importara algo"

domingo, 30 de octubre de 2016

Maniquíes desnudos encorbatados y postureo (intelectual, ético o del que sea...)

El caso es que el otro día volvía a casa a pie y vi esta preciosa alegoría en una tienda de muebles o decoración interiorista. Una lámpara humana. O algo por el estilo. Me paré y saqué una foto, porque la ocasión lo merecía. Resulta que, aunque no recuerdo ni desde cuándo la uso ni de dónde la he sacado, suelo usar esa metáfora, u otra muy similar, para explicar algo que ahora podremos dejar escrito por fin.

Imagine el lector que uno entra en una fiesta vestido exactamente así -obviemos para el caso la lámpara en sí no está-, y, ufano como nadie, le pregunta al anfitrión, que por no saber, no sabe ni dónde mirar: 
-¿Qué te parece? Bonita corbata, ¿verdad?

Claro: la respuesta es bastante obvia: "Bien, bien. Ahora vístete algo más, corre. Antes de que te vean". 

La corbata es un complemento, odiado por muchos y amada por otros. Y, por el simple hecho de ser un complemento, necesita otras cosas. No se puede complementar al vacío. 

Pues bien, resulta que gran parte del postureo -esta horrible pero resultona palabra- consiste ni más ni menos que en eso: ir en pelota con corbata. O con un precioso anillo, que esa es la otra versión. (Voy a olvidarme de todas esas fotos más falsas que un Judas de plástico para dejar paso a temas más serios todavía).

Intelectualmente, por ejemplo, uno puede hablar siete idiomas (incluso bien) y ser un perfecto ignorante. Lo mismo ocurre con un solo idioma, por supuesto. Pero eso sería ya otro post. Me refiero aquí al hecho de querer adornarse con el simple hecho de saber idiomas. Y quedarse, como decía aquel, en saber decir tonterías en siete lenguas.

O, también, darse humos por haber leído a no sé qué autor actual importantísimo -sin apenas haber entendido una sola letra, y sin jamás reconocerlo- y, sin embargo, no tener ni idea de muchos de los grandes autores de peso en nuestra cultura.

En lo que se refiere a otros campos, el ético, por ejemplo, la cosa se pone un tanto más peliaguda, porque ya se sabe que no hay que juzgar. Pero digámoslo: lo que no conviene juzgar son las intenciones de los sujetos concretos. Uno puede, sin embargo, hablar en general y en condicional: "Si alguien tiene esta intención...". 
Pues bien, hay que posee una dentadura brillante y una magnífica y luminosa sonrisa... y una vida personal lamentable. Un hipócrita, se le llama. 

Y, para acabar, una de las grandes cosas de las cuales se acusa, entre otros, a los católicos. Con razón, en parte. Algunos (y a cualquiera nos puede suceder, ya digo) van por ahí con la preciosa corbata de sus palabras y su asistencia a ¡semanales! reuniones de formación... y pasean sin saberlo la desnudez de su vida vacía de acciones genuina y típicamente cristianas, que todo el mundo conoce, y cuya ausencia se nos critica tan a menudo. Y quizás tan injustamente a veces: en ningún lado dice Jesucristo que haya que hacerlo todo bien. Yo siempre he leído, por suerte, aquel "no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores", o "he venido a llamar a los que estaban perdidos", y algunas más.

Dicen que la educación consiste en eso, precisamente: conseguir que la gente se vista.
Lo dicho: a ponerse ropa, que llega el frío y la corbata no abriga.


(-Pues tú más.
-Bien. Puede ser.
Así zanjaríamos algunos (posibles) comentarios a esta entrada. 
Yo hago lo que puedo.)



miércoles, 12 de octubre de 2016

Son los amigos, estúpido

"It's economy, stupid!"
Esa es, por lo visto, una de las frases que hizo que Bill Clinton ganara las elecciones del 92. 
Lo cierto es que no va por ahí el post de hoy: no tengo mucha idea de economía. Pero, claro, la frasecilla tuvo sus más de cinco minutos de gloria, y fue variando. Hoy la adoptamos en el blog de modo solemne: "Son los amigos, ¡estúpido!". Porque eso me vino a la cabeza -"a las mientes", como dice Becquer- al ver lo que rápidamente fotografié.

La foto no es muy buena, pero las frases sí.  Es un anuncio, aunque no sé muy bien de qué empresa. Tanto da. Pregunta, a un lado de la foto: "¿Juegos de cartas o videojuegos?", supongo que por aquello de tradición o innovación... Y Rafa Nadal, que es quien responde a esa dicotomía tan maravillosamente, devuelve la bola como en sus mejores momentos: "Mientras tenga amigos al lado, me da igual". ¡Ace, amigo mío!

Los planes son casi siempre lo de menos cuando se tiene tan claro que lo que importa es la gente. 
La razón es sencilla, pero no simple: trae cola. Resulta que los juegos buscan, principalmente, la diversión y el pasatiempos. Esas dos palabras tienen etimologías ilustrativas de qué son: di-vertir (vertir cosas diferentes), y pasar-el-tiempo. Naturalmente, puede uno añadir a los fines de los juegos la competición, el aprendizaje, etc. Pero, me parece, son fines secundarios: la diversión es igual de humana que al inteligencia o el amor. 
Pero el amor, eso sí está por encima. Y por eso mismo la amistad -y el eros: las relaciones de pareja- abarcan más que la diversión. Juegan en otra liga, por decirlo con la imagen futbolística. 
Esa es la razón por la que, cuando estás entre amigos o en pareja, el qué sea lo de menos. y se pase al quién. Los adolescentes lo tiene parcialmente claro. Cuando hay un plan, su pregunta es siempre "¿quién va?" y, después, "¿qué haremos?". Y tienen bastante razón. 

¿Por qué, entonces, lo de "parcialmente claro" solamente? Porque se dan situaciones en que el rebaño se impone a la gente de nombre y apellidos. Y el "todos lo hacen" se come sus ideales y su yo personal. 
Ejemplo doloroso y complejo: las discotecas. Puntualización: en su versión alcohol, droga y sexo a granel.

Hace un tiempo, un chicote -menor de edad, para más señas- me dijo que en la disco cada vez bebía más y que estaba harto. A mi pregunta directa -"¿y por qué vas?"- me respondió más claro que el agua: "y, si no, ¿qué hago?". Me pareció una respuesta desoladora: lo decía en serio. Y no era precisamente un colgado.
Y ahí se inició un diálogo que después he repetido muchas veces con gente diferente. Todos responden lo mismo. En resumen: que nadie iría solo, ni con gente que no conoce. "Pues nada", concluía yo, "ve a otro sitio con tus amigos y no os cozáis". 

¡Son los amigos, estúpido!
Donde hay amistad, el qué importa poco: como si vamos a tirar piedras a un río. 
Ya nos apañaremos. A pesar de la presión, que es tanta. 
El amor proporciona más felicidad que la simple diversión.


domingo, 9 de octubre de 2016

La tecnología y los tontos que la utilizan: "Objetivo: Londres"

Ya hace unos días que vi este divertimento bombístico-balístico. Sí estoy de acuerdo en que cada vez se hace más difícil hacer una película sin mensaje: plana, absolutamente vacía, o llena de tiros. En esta, de vez en cuanto se suelta una frase con sentido. Generalmente, a favor del matrimonio y de los hijos. Es bonito. El resto del tiempo, puñetazo va, granada viene. O donde dice "granada", léase "metralleta".

Pero en esta ocasión vamos a comentar otros aspectos. En concreto, la tecnología y su uso. Naturalmente, el cine no es, casi nunca, un ensayo filmado, o un tratado sobre temas serios pasado a película. Por eso conviene tirar del hilo cuando uno escucha una de esas frases de las que puede sacar mucho jugo. 
Ahí va la que vi (una de ellas):
"La tecnología: vale lo mismo que los tontos que la usan".
En la película, tienen al presidente americano a punto de ser degollado en directo para todo el mundo, pero sus aliados cortan la luz. Ahí es donde el presi suelta su resumen. 

Si se corrige una pequeña palabra, queda una interpretación del papel de la tecnología en nuestras vidas que es, en mi opinión, más que válido. Preferiría que Echkart, en su papel de máximo gobernante, hubiera dicho: "la tecnología: vale lo mismo que los que la usan", obviando ese "tonto", que tantas veces merecemos, sin duda.

¿Por qué me parece tan acertada esa manera de ver las cosas? Sobre todo, por un simple motivo, que mucha gente -dos grupos, por lo menos- parece no entender. La tecnología es neutra: eso dice. Su bondad o maldad depende de quien la use. Dando un paso más, podríamos decir que la tecnología en sí es buena: es una invención humana. Pero puede usarse mal, si el sujeto que la usa es malo. Así se hacen malos los sujetos y la tecnología, por contagio. 
Los dos grupos de gente que no entienden esto son los que están en los extremos. En ese sentido, les viene bien el nombre de extremistas, aunque esa palabra tenga tintes negativos que no querría usar. 

En primer lugar, tenemos a quienes dicen que toda la tecnología y siempre es buena. Eso es tanto como exagerar dos posturas: la de pensar que es buena sin uso alguno (en general), y la de pensar solamente -obviando la realidad- en los posibles usos buenos, cuando es innegable que se usa muchas veces mal. 

En segundo lugar, están también quienes, guiados seguramente por la parte mala del uso, señalan que solo puede usarse la tecnología de modo degradante para el usuario. Su argumento sería, quizás, algo así: "Como a veces puede hacer el mal, es siempre malo". Es un modo de argumentar bastante extremo y, sobre todo, equivocado. La utilización de la mínima lógica niega ese modo de razonar. 

En realidad, como tantas veces ocurre, lo más correcto es lo armónico, el punto medio: la tecnología "vale lo mismo que los que la usan", sean tontos o no. Sólo las personas son buenas o malas. De las cosas, solo secundaria e impropiamente puede hablarse de bondad o maldad.

Debemos enseñar a los usuarios -deben aprender ellos, si se quiere- aprender a usarla bien, y a no usarla mal. El sujeto se mejora o empeora actuando, y también pasa a las cosas su maldad o bondad. La tecnología se embellece con los usos bellos, pero esos usos los dan las personas concretas.

Objetivo: Londres. Y objetivo: educar, con y sin tecnología, para que los chicos (y no tan chicos) sepan usar la tecnología, o no usarla. "Uso", esa palabra tan clave para entender esto. 








sábado, 8 de octubre de 2016

El pensamiento y los agentes secretos...

¿Qué tiene que ver el pensamiento con los agentes secretos? Mucho, por supuesto. Pero, para lo que aquí nos interesa, probablemente nada de lo que uno se imagina.

Resulta que estoy con "El agente secreto", un señor libro, de Joseph Conrad. No creo haber leído nunca un libro que cuide tantísimo la forma. Esos adjetivos, tan frecuentes y tan bien encontrados; esas descripciones en que lo subjetivo y lo objetivo se hallan excepcionalmente bien unidas... Nunca, sin duda. Conrad es, de todos modos, muy negativo para mi gusto. Si hay una mesa, estará apolillada; si un personaje sonríe, será imperceptiblemente y con sonrisa amarga... Un prodigio de la precisión, pero en negativo. De todos modos, no quería detenerme en este particular, sino, como suele pasar en este blog, en una frase-cerilla. Son ese tipo de frases que se le encienden a uno y dan luz, porque le llevan a otros lugares: a temas interesantes y de calado. 

Aquí va la que leí hace dos días: 
"El pensamiento no tiene miramientos por ninguna persona"
Es, bien pensado, un alegato por el realismo filosófico. O eso me pareció. 
En efecto: sostener que "el pensamiento no tiene miramientos por ninguna persona", ¿no significa entender que el pensamiento esta, de algún modo, por encima de nosotros? Así lo entendí yo. 
Es decir: por supuesto que las cosas las pensamos nosotros, pero hay algo en nuestro pensar que escapa de nuestro control. El pensamiento no se queda en nuestra mente: tiene tendencia a salir a fuera. A eso se le llama, a veces, intencionalidad. Cuando uno piensa, lo hace sobre el mundo real y con pretensiones de verdad. ¡Y por fin aparece la palabra: verdad!

Se me ocurren dos consecuencias:
Primera: por más que ame a una persona, si lo que pienso le afecta negativamente, lo hará a pesar de mi amor o parentesco por ella. Por ejemplo: "quienes mienten deliberadamente, lo hacen mal y se hacen malos en algún sentido". Mi mujer -yo mismo, ¡qué caray!- puede ser una mentirosa compulsiva. Y lo hará mal, a pesar de ser mi mujer. O lo haré mal, si el mentiroso soy yo: mi pensamiento no tiene miramientos por mí. La verdad duele, en ese sentido. Pero libera, en otro, tan parecido. (Lo mismo canta Sting: "Truth hits everybody". Temazo.)

Segunda: si pienso equivocadamente, algo acabará pasando que me afectará. Si, pongamos por caso, pienso que los hombres pueden volar con la sola ayuda de sus brazos, mejor que no intente demostrarlo. De lo contrario, algo ocurrirá. En ese sentido, la frase de Conrad me recordó a otra de C.S. Lewis, que ya se ha comentado por aquí: "La realidad es iconoclasta". Es decir: rompe las imágenes (erróneas) que de ella hacemos. La realidad es como es, aunque no sepamos a veces del todo cómo. Eso, sin duda, no es relativismo, sino realismo: el pensamiento es una de las armas de conocimiento, pero ese conocimiento es del mundo, real y ajeno a mí, tantas veces.
(La cosa se complicaría algo más si consideramos que nosotros -el yo que piensa- también es real, y no solo sujeto. Pero eso ya da para otros libros, no solo posts de blog).

Pues eso: el pensamiento no tiene miramientos por nadie. Y eso es muy interesante. Por es conviene hacer pensar a los alumnos, queridos profesores. Y a los hijos, queridos padres. La verdad es más educativa que los padres y los profesores.

sábado, 1 de octubre de 2016

Pon la oreja...


De vez en cuando, una frase le interpela a uno más de lo normal. Por la situación personal, o por su excelente equilibrio entre lo que dice y cómo lo dice, o por ambas cosas.

Ahí va una:

"Escuchar con paciencia es, a veces, una caridad mayor que dar".
Eso dijo, y muy bien, San Luis, rey de Francia, que vivió de 1214 - 1270. Seguro que tenía una experiencia más que amplia. Siendo rey y santo -mezcla que hoy apenas entienden unos pocos-, seguro que tuvo que escuchar mucho más de lo necesario o justo. Ahí entra la caridad. 
¿Nos saca algo más de 700 años de ventaja?

La prisa nos come hoy día. Ya no tenemos tiempo para nada; ni para escuchar. Oímos muchas cosas: ruidos, música (escuchar es algo ligeramente diferente). 
Y, en plena era de la comunicación, uno lee con sorpresa en un diario una entrevista a la fundadora del teléfono de la esperanza: un lugar al que llamar, por si ocurre que nadie te escucha.
No es textual, pero se parece mucho. En aquella entrevista, se contaba cómo una señora llamó solamente para decir que había hecho un puré excelente. Si no diera tanta pena, sería para partirse de risa o hacer un chiste gráfico. 
El ser humano, como decía Heidegger, habla; es más, no puede dejar de hablar. Y cuando no expresa o exterioriza lo que habla, sigue hablando.
Pero ese hablar necesita un receptor: hablar por hablar, hablar al cuadrado, como decía mi amigo. 

Y no se trata, por cierto, de escuchar por un interés sucio, sino de superar el corto concepto de necesidad o justicia. El hombre necesita superarlo para ser él mismo: "Si a los hombres se les hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado", pregunta Hamlet. (Siempre Shakespeare, sí).
Y podemos volver otra vez a San Luis, rey de Francia: no me des dinero, escúchame. Eso, por cierto, me explicaron a mí desde pequeño: da limosna de tu tiempo, de tu cabeza, de tu mirada, de tu simpatía, de tus cosas. Incluso, ya que estamos, cuando des dinero a alguien: mírame a la cara y dáselo como una persona, y no como a un florero a una caja. Pregúntale.

A quienes nos dedicamos a la educación, nos viene como anillo: escucha, que es la única manera de tomarse en serio a alguien y de que alguien note que es así. Escucha todo, y no sólo lo útil; lo que tenga sentido y lo que no. 



miércoles, 31 de agosto de 2016

Praga, las tres W y El Renacido y Fast and Furious 7 (toma ya...)

Este verano, a Dios gracias, hemos juntado muchas experiencias impresionantes de tres letras. Por ejemplo, nunca había ido en AVE, pero ya sí. Nunca me había tomado un TGV (tequila, ginebra, vodka... y coca-cola y hielo), pero ya sí: un poco aguado, pero mejor así.

Y ha habido otras, las JMJ (Jornada Mundial de la Juventud), en Cracovia... y las WWW, que yo pensaba que significaban World Wide Web; y no: son Wheels, Women and Whisky. 

Resulta que, paseando por Praga (es un decir: íbamos a toda leche a todas partes; y tarde), vimos edificios increíbles, que también fotografié, con gente al lado. Y este coche, con esa inscripción trifásica que aparece aquí a la izquierda. Ahí está el espíritu de los tiempos -una parte solo, por suerte-, encarnado en una pegatina: ruedas, mujeres y whisky. Sólo le faltaba añadir, al buen hombre, la conclusión: "¿qué más se puede pedir?". 
Se trata, como decía antes, de una concreción posible de un cierto paganismo del S.XXI. Paganismo, de pagos, terruño, pedazo de tierra: manera de ver el mundo que no va más allá de la tierra. 
Y ahí entran en juego las dos películas. En "El renacido", Tom Hardy encarna a un buscador de pieles enemigo de Leonardo Di Caprio. En un momento dado, mientras cenan en una cueva, habla de su padre con otra persona. La frase no es textual, pero la idea es la que digo: "yo no tengo religión, como mi padre. Mi padre no creía en nada más que la comida y todo lo que pudiera cazarse". He ahí una descripción brevísima y cinematográfica del paganismo, algo más sencilla que la del coche. 

En cuanto a Fast and Furious 7, esa película de coches y porrazos, me sorprendió, por decirlo así, que dentro de su esquema hedonístico-utilitarista-pagano tan actual (¿no era Ronaldo aquel de quien se dice que solo le gustan las mujeres y los coches?), se oyeran varios alegatos en pro de la familia. El más llamativo, quizás, el de Dom, el Vin Diesel de la película. Uno de los que va soltando. El primero. Mira a los ojos de Paul Walker, y le dice: "todos buscan emociones. Pero lo más importante es la familia. Agárrate a eso". Después, tortazos y derrapes a mansalva.  Y se ve que ahí está su familia, sí: mujer y un hijo, al que se va a sumar otro que va en camino. Pro-life. 
Algo está cambiando en Hollywood. Ojalá se eleven las miras, poco a poco. Ojalá.


martes, 23 de agosto de 2016

¿La fealdad nos invade? La belleza no escasea

Esta mañana he recibido un whatsapp con una foto: era una carta al diario. Se titulaba "La fealdad nos invade". La carta, de un hombre de Sant Pol de Mar, estaba bien escrita, y era hasta bonita en su modo. Pero algo pesimista: nostálgica, como mínimo. Se hablaba del avance imparable de la fealdad. 

Al rato -era un grupo de whatsapp: no me ha llegado sólo a mí- ha habido respuestas: tres fotos con una frase. "La fealdad nos invade, pero la belleza no escasea tampoco". 
Lo cierto es que no habíamos leído bien la carta. El buen lector no se refiere a la naturaleza, si no a "aquello que es creado por la mano del hombre", así que la respuesta que le dábamos desde nuestro particular chat no servía del todo. Sí en parte: son fotos. y eso ya es creación nuestra. La naturaleza nos da mil vueltas en belleza, pero las fotos "son bien bonicas", como diría uno que yo me sé, en aragonés forzado.

Después de darle unas vueltas, me han venido a la cabeza dos cosas: aquellos versos -malos, dicen- de Rafael de Campoamor que tan citados son, y una palabrota griega que ya vendrá después. Ahí van los versos: 
"Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira".
Se suele acudir a ellos para hablar del relativismo en el conocimiento. Pero bien pueden usarse en el que ha generado el lector en nuestro grupo de chat. Hay fealdad; hay cosas bellas. ¿Depende de cómo lo mires? Bien, pues ahora viene la reflexión, y que cada cual se sirva lo que quiera.

Porque he ido a ver cómo era el poema entero y me he llevado una alegría: habla de Diógenes, ese personaje griego que iba por el mundo con una linterna, buscando un hombre. Uno, siquiera. y no lo encontraba. 
El poema, primero.

LAS DOS LINTERNAS

I

De Diógenes compré un día 
la linterna a un mercader; 
distan la suya y la mía 
cuanto hay de ser a no ser. 
Blanca la mía parece; 
la suya parece negra; 
la de él todo lo entristece; 
la mía todo lo alegra. 
Y es que en el mundo traidor 
nada hay verdad ni mentira; 
todo es según el color 
del cristal con que se mira.

II

- Con mi linterna - él decía- 
no hallo un hombre entre los seres-. 
¡Y yo que hallo con la mía 
hombres hasta en las mujeres! 
él llamó, siempre implacable, 
fe y virtud teniendo en poco, 
a Alejandro, un miserable, 
y al gran Sócrates, un loco. 
Y yo ¡crédulo! entretanto, 
cuando mi linterna empleo, 
miro aquí, y encuentro un santo, 
miro allá, y un mártir veo. 
¡Sí! mientras la multitud 
sacrifica con paciencia 
la dicha por la virtud 
y por la fe la existencia, 
para él virtud fue simpleza, 
el más puro amor escoria, 
vana ilusión la grandeza, 
y una necedad la gloria. 
¡Diógenes! Mientras tu celo 
sólo encuentra sin fortuna, 
en Esparta algún chicuelo 
y hombres en parte ninguna, 
yo te juro por mi nombre 
que, con sufrir al nacer, 
es un héroe cualquier hombre, 
y un ángel toda mujer.

III

Como al revés contemplamos 
yo y él las obras de Dios, 
Diógenes o yo engañamos. 
¿Cuál mentirá de los dos? 
¿Quién es en pintar más fiel 
las obras que Dios creó? 
El cinismo dirá que él; 
la virtud dirá que yo. 

Y es que en el mundo traidor 
nada hay verdad ni mentira: 
todo es según el color 
del cristal con que se mira.


No está mal. Creo que serviría como respuesta al lector de la nostálgica carta.
Por si las moscas, lo expongo: la belleza está en el mundo, pero se ve con los ojos. Si están sucios, no se capta. Por lo que escribe en su carta, no tiene los ojos sucios: seguro que es capaz de ver mucha más belleza de la que explica. Supongo que tuvo un mal momento al escribir la carta y le pesó más lo negativo. ¿A quién no le ocurre eso de vez en cuando?

Pero hay otra cosa (y hasta dos): la palabra griega: kalokagathía. Cito de la Wikipedia con algún que otro cambio o aclaración:
Kalokagathia (καλοκαγαθία) es el sustantivo derivado de Kalos kagathos (en griego: καλὸς κἀγαθός). Es una frase usada por clásicos escritores de la Grecia clásica para describir un ideal de conducta personal, sobre todo en un contexto militar. Su uso está atestiguado desde Heródoto y el período clásico. La frase está compuesta por dos adjetivos, καλός ("bello") y ἀγαθός ("bueno"), el segundo de los cuales se combina con καί "y" para formar κἀγαθός. Werner Jaeger, el estudioso más prestigioso del mundo griego, lo resume como "una formación espiritual plenamente consciente” que estaría fundada en "una concepción de conjunto acerca del hombre".
Y ahí va mi tercera idea al respecto, que ayudará a dar razón de lo que sostiene el amigo de la carta. 
Dice Jaegger que se trata de "una concepción de conjunto acerca del hombre". O sea, que con decir bueno y bonito está dicho todo. O sea, que la belleza no se puede separar de la bondad. Y en un mundo en que tantas veces la moral brilla por su ausencia, es lógico que la belleza esté también ausente. Y en positivo: cualquier cosa buena es bella. ¡Qué linda acción!, dicen los mexicanos. Y así es. Una sonrisa: belleza. Esto da para muchos libros.

También se puede explicar el crecimiento exponencial de cuerpos bellos que campean en la web, y que se quedan ahí: en ser fibrosos. La concepción de conjunto del hombre ha quedado en concepción unilateral: físico-biológica. Ahí está la belleza, dicen. Y en ninguna otra parte. Eso decía un anuncio de coches que ya tiene un tiempo: "¿Desde cuándo a alguien le importa si eres bella por dentro?". Y así nos va.

Dando un penúltimo subidón, iremos a la estética clásica, que unía belleza no sólo a bien, sino al ser. Todo lo que es, es bello por el hecho de ser. 
Quien piensa así (y hay quien asegura que no se puede), dice cosas como Carlos Cardona, ese metafísico: "la creación es el precioso jardín que Dios hizo para que el hombre descansara". O como que las piedras son bellas. O como Ratzinger, ese fenomenal teólogo sensible, que habla de la maravilla de las flores en sus colores como el sobrante a la utilidad para la polinización que Dios puso ahí gratuitamente para nuestro disfrute gratuito, como si fuera su firma. (Esta frase hay que leerla dos veces). O como que los jaguares son bellos, corriendo en equilibrio. O como que el hombre, por el hecho de ser, es bello en su actuar humano. En última instancia, hasta un cuadro feo es bello en un cierto sentido: por ser humano. Jamás un mono pintará un cuadro: le falta la intención y la capacidad de expresarse a sí mismo. Ese es, ¡entre otros!, el motivo por el cual los cuadros de Jackson Pollock son respetables, aunque uno pueda valorar mucho más a Velázquez, en términos de belleza. La belleza, ese trascendental del ser, que va de lo mínimo, a Dios.
En negativo: kakós, kaké, kakón, es feo en griego. Cuando un niño hace algo que no está bien, se le dice (en algunos sitios, como mínimo) "caca". No me extrañaría un pelo que viniera de ahí. Y a otros, tampoco. 

Nos queda el salto a la teología, ya anunciado. Lo más bello en la creación es el hombre. Y, para los creyente es algo claro, el más bello de los hombres, Cristo: Dios hecho hombre.
Ahí va el Salmo 45, que se aplica a Jesús:
2 Me brota del corazón un hermoso poema,
yo dedico mis versos al rey:
mi lengua es como la pluma de un hábil escribiente.
3 Tú eres hermoso, el más hermoso de los hombres;
la gracia se derramó sobre tus labios,
porque Dios te ha bendecido para siempre.
Dicho esto, que cada cual le dé a su cabeza.
La fealdad avanza, como los hombres. Pero la belleza no escasea.

sábado, 20 de agosto de 2016

La verdad y las preguntas

La verdad es que "La Verdad" me gustó. (No he podido resitirme a decirlo así de mal). Se trata de una película en que Robert Redford y Cate Blanchet se visten de Sócrates, en las dos caras de una sola moneda.

Sócrates tiene ya muchos siglos: más de 26. Pero volvemos a él una y otra vez. A su interés natural por la verdad. Suyo y de todos los hombres. Y a su método mayeútico, de parturienta, para llegar a ella desde uno mismo: a aceptar la verdad como algo que se nos da y recibimos. Ambas cosas.

En la película, que algunas críticas tachan de lenta y pretenciosa, hay algunas perlas auténticas sobre esto mismo: la verdad y el método (camino, en griego, es methodos) para llegar a ella.

Primera: 

-Hacer muchas preguntas. Las preguntas hacen que salga la verdad.

Sócrates en estado puro: "que salga la verdad". Se trata de la filosofía erotética: de preguntas. Los diálogos de Platón están llenos de preguntas. Tantas, que puede uno hartarse.

Avanzada la película, el guión insiste:

-Buscamos la verdad. Eso hacemos. Nuestro ego pasa a segundo plano. 

Esa es la profesión del periodista. 
Y de todo ser humano, aunque sea algo mucho más que una profesión: es la alimentación de nuestra parte no física. A ver si de una vez centramos la educación en esto, y no en lo demás, sea lo que sea (aulas, iPads, profesores, alumnos, etc...)
Pero ojo con los matices de la frase:

"Buscamos". Y nos busca. La verdad no es un animal que camine por las calles, pero sí es más cierto, por raro que suena, decir que nos la encontramos mientras la buscamos que asegurar que la tenemos porque somos listísimos.

El papel del ego, ya implícito en la explicación que intentaba dar en el párrafo anterior. Soy yo -mi ego- quien está o no en la verdad al decir o pensar o hacer algo, pero no soy yo -mi astuto, bello o inteligentísimo ego- quien ha parido esa verdad. Por eso los grandes inventores son eso, inventores: "invenire" es "encontrar" en latín. Una búsqueda para la que estamos más que preparados, y un objeto más que encontrable, que se nos ofrece, como lo visible a los ojos y lo audible a los oídos.

Hasta aquí hemos llegado. 
Grande, Redford, por otra parte. Aunque algo estirado y pagado de sí, según otros. Con 80 años, yo se lo perdono.



domingo, 14 de agosto de 2016

Lecciones olímpicas III: Oro para Nadal-López o Una alegoría del matrimonio

Ha pasado un día, y Rafa Nadal ha tenido tiempo para, a pesar de todo, no ganar contra Del Potro. Lástima. Pero no se nos puede olvidar lo que hizo un día -unas horas- antes. Ganar un oro en dobles. Y de qué manera: después -unos minutos antes- de doblegar a Bellucci. Eso es ya digno de una gesta. 

Nunca había visto un partido de dobles. Y menos aún a esas horas de la madrugada. Y me dio que pensar, además de sufrir y botar como un loco. 

Pensadas las cosas un poco, resulta que el partido Nadal-López contra aquellos otros rumanos Mergea y Tecáu puede usarse como una bonita alegoría del matrimonio y su día a día. 
He intentado escoger fotos que apoyen lo que digo, ya que primero lo vi. Está claro que una metáfora es una metáfora, y que podrán ponerse pegas, pero creo que sirve para pensar. 

Por empezar de alguna manera, empatía: luchar por reaccionar acorde a los sentimientos del otro. Somos un equipo. Y mucho más, según el catolicismo, que usa en latín una expresión fortísima. Marido y mujer son "una caro", una carne. Dos en uno y uno en dos. De ahí salen todas las características: de la lucha por alcanzar ser uno con el otro. Veamos algunas de ellas.

Celebrar cosas. Celebrar puntos grandes, y también los pequeños: los edificios grandes están hechos de piedras o materiales pequeños. Celebrar un cumpleaños de pareja, un aniversario especial, un éxito de uno de ellos, un día bonito, un algo que ha salido bien. 
Una buena celebración eleva el ánimo propio y el de la pareja. Llamó la atención cómo Nadal celebraba cada punto cuando López parecía más hundido, sabedor de cómo se sube la moral y cómo ganar al otro por derribo. 

Otra: estar ahí y darlo todo, sin excusas. Intentarlo. Dar lo mejor de sí. Esa pareja de oro es claramente desigual: por eso ganaron.  Me explico: Nadal es un jugador poco experimentado en dobles. Se veía que le faltaban los truquillos típicos de esa especialidad del tenis. No así a López, que iba repartiendo globos y reveses cortados muy buenos y útiles: ganadores.  Lo mismo en el matrimonio: funciona porque no somos iguales, pero cada uno lo da todo. Cada cual con sus potencialidades, tan útiles en las diferentes etapas de la vida: la fortaleza a veces, el cariño otras, la prudencia siempre, etc...




Perdonar(se) errores. Basta un apretón de manos, una mirada, un beso: "no es fallo tuyo", "no pasa nada", "somos un equipo", "vamos", y similares. Porque todos los cometemos. 

Y animarse... mutuamente, que todos fallamos. Es cierto que López estuvo fallón en algunos momentos del partido. Pero también es verdad que Nadal falló de lo lindo algunas veces también. Y, siempre, un choque de manos. No era para celebrar: era para conjurarse. Cada matrimonio ha de hacer lo propio, y a su manera. 

Hablar las cosas: decírselas a la cara, o como sea. Pero decírselas. Las buenas, las mala. Y pedirse consejo. Y darse consejo. Hablar: importantísimo. No es cuestión de tácticas solamente. Es cuestión de que cualquier persona no esquizofrénica funciona así: a una. Así funcionan los seres humanos: si quieres cantar al unísono, mira al otro. 
Me hizo ilusión, además, que hablaran tapándose la boca. Es una moda, pero es una realidad tan propia del matrimonio. Hay que protegerse de las miradas ajenas. La intimidad es esencial en las parejas. Y hay decisiones que se toman bien así, y mal, de todas las demás maneras. Conviene guardarse un tiempo de intimidad tranquila donde poder hablar las cosas, decidir, e ir a la par: a una, como en Fuenteovejuna.

Antes de acabar, una muy importante: saber envejecer juntos. Eso implica tener un proyecto común, querer tenerlo y luchar para que se cumpla. Y perdonar los achaques que la vida da. Y saber tirar para adelante con menos fuerzas y más experiencia y sabiduría. Y tantas otras cosas.



 


Y así, dejando de lado muchas otras (reposar las cosas, saber envejecer juntos, etc...) que cada uno podría sacar, llegamos a la victoria final, llena de derrotas parciales: cansados, pero contentos. Emocionados, pero juntos. 
Fieles.