sábado, 3 de diciembre de 2016

Optimismo vital

Juan Pablo II era un hombre de gran inteligencia y respuestas impresionantes. Una vez (y otra, que añado al final, que no va del todo con el tema), una persona de confianza le preguntó a bocajarro cómo veía el futuro del mundo y de la Iglesia. Después de unos segundos, sonrió y le devolvió la pelota con dos palabras: "con optimismo". 

Reconozco que cuando leí esta anécdota, me quedé un poco bloqueado: no me la esperaba. Me pareció, como decía antes, una respuesta inteligente, ingeniosa, profunda y, sobre todo, coherente. ¿Coherente? Eso mismo, sí. Porque, bien pensado, ¿qué otra cosa va a decir un hombre de fe? Es decir, un hombre que tiene una visión tan vigorosa -con un vigor prestado, pero hecho propio- que permite ver las cosas desde el punto de vista de Dios. Eso hace la fe con los creyentes. (El modo en que lo hace no es tema que toque ahora discutir: basta ver la vida de los santos para darse cuenta de que algo hay). 

La fe te presta las gafas de Dios. Lo cual es, dicho sea de paso, algo que parece a una espada de doble filo: es una arriesgada seguridad. El optimismo y la ayuda -gracia- vienen de serie, por decirlo de algún modo, pero no el esfuerzo que uno ha de poner para arremeter con todos los obstáculos (uno mismo incluido).

Pues bien. ¿A qué viene todo esto? A que basta con hojear un diario o ver cualquier telediario para darse cuenta de que la mayoría de personas que poblamos el planeta tierra no somos así de optimistas.

Sobre ese particular quería yo hablar. Pienso que se trata de algo subjetivo (propio del sujeto) que actúa sobre lo objetivo, realzando lo positivo sobre lo negativo. Especialmente en las situaciones en que cuesta verlos. 

Se habla del vaso medio lleno o medio vacío. 
El optimista diría que está medio lleno. Y, en caso de vaso vacío, que tenemos vaso, que estaba lleno y que, por tanto, puede llenarse aún.
El optimismo no es solo subjetivo: también es objetivo. El optimismo no llena el futuro de bien, pero sí lo muestra posible. Y lo hace a partir del pasado bien analizado. Si no, no es optimismo: es tontería. Hay que contar con todas las bazas: las malas, ya ocurridas, y las buenas, pasadas y capaces de suceder todavía. El vaso ya no está lleno, pero lo llenaremos.

Decía Shakespeare en su inmortal Otelo: "Tomad el lado bueno de las cosas: más vale tener las armas rotas que las manos vacías". 
Otros refranes populares van a lo mismo: "yo no fracaso: tomo experiencia y aprendo".

No voy a cargar ahora la mano con frases de santos o gente religiosa, pero me vienen varias a la cabeza. Y diré dos. Pero antes, una idea. Aunque he intentado dar la razón de esto al principio, aquí va otra idea: la fe en un Dios Padre (y no solo Todopoderoso) cambia el planteamiento de partida... y de final. 
Me explico: si sabes que el partido va a acabar bien (lo estás viendo en diferido porque estabas trabajando, por ejemplo), lo ves con más ganas, sobre todo cuando a principio pierdes. Y más si te están dando una paliza. Porque sabes dos cosas: que estás perdiendo, cosa innegable, y que vas a remontar. 

Lo dicho. La primera, de san Agustín, en su sermón 80
Abundan los males, pero Dios lo quiso. ¡Ojalá no abundaran los malos y no abundarían los males! «Malos tiempos, tiempos fatigosos» —así dicen los hombres—. Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros; como somos nosotros, así son los tiempos. Pero ¿qué hacemos? ¿No podemos convertir a la vida santa a la muchedumbre de los hombres? Vivan bien los pocos que me escuchan; los pocos que viven santamente soporten a los muchos que viven malvadamente.
No hay peligro -lo digo para quien lo piense- de que Agustín se meta en el saco de quienes lo hacen bien y llame de todo a quienes lo hacen mal. El mismo que dice eso escribió Las confesiones, donde se pone a parir a sí mismo; y además, bien leídas esas líneas, lo que hace es, precisamente, cantar las cuarenta a sí mismo y a quienes le escuchan.

La segunda frase, breve y menos llamativa, viene del Papa actual, en su Misericordia et misera, la última carta que ha escrito. Señala allí que
Durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», he podido darme cuenta de cuánto bien hay en el mundo. 

¿Y qué?
Pues que de eso se trata: de ver que, entre tanto cieno y mal, hay cosas buenas. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Pero para darse cuenta de eso hay que haber sido educado también. Más trabajo para padres y maestros. Y para uno de nosotros. 




PD: Decía al principio que las respuestas de San Juan Pablo II eran desconcertantes pero certeras, precisas y realistas: impresionantes. En una ocasión, un periodista se le acercó y, de sopetón, le disparó un "santidad, ¿cómo definiría a la Iglesia en una palabra?". Y él, ni corto ni perezoso, resumió toda la eclesiología (y demás ramas de la teología) en un impecable e inapelable concepto: "salvación". 
Aplausos.

PDII: NO he dicho en todo el post que sólo el católico u hombre de fe pueda ser optimista. Pero digo ahora que sí debe serlo. Y que bienvenidos sean los demás.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Lo que valen las personas (Otra de "El agente secreto")


A ya pocas páginas del final de "El agente secreto", ese gran libro de Joseph Conrad, el narrador nos regala una joya: una frase que nos va como anillo al dedo; que da que pensar.
"La mente del señor Verloc carecía de penetración. Bajo la errónea impresión de que el valor de los individuos reside en lo que son en sí mismos, no le era posible comprender el valor de Stevie a los ojos de la señora Verloc. Ella se lo estaba tomando endiabladamente a la tremenda, pensó para sí".
Para que se entienda, Verloc es el agente secreto. Su mujer acaba de perder a su hermano, una persona joven -Stevie- con un cierto retraso mental, patente en todas sus actuaciones. El drama se masca en el ambiente. Y entonces aparece la frase citada.
Digo que vale la pena darle vueltas a la frase, porque es un digno ejemplar de un hecho que ocurre muy a menudo: la verdad y sus capas. Veamos poco a poco, dentro de lo que se nos permite en un blog.

El valor de los individuos, supone Verloc, reside en lo que son en sí mismos. En nada, podría deducirse de su reacción.

El narrador, por su parte, corrige su suposición -la llama "errónea"-, y da la causa de su error: "la mente del señor Verloc carecía de penetración"; esto es, por no pararse a pensar, no se daba cuenta de que hay más, de que el valor de Stevie era el que tenía "a los ojos de la señora Verloc".

Aquí hay que pararse un poco, pero sin perder el cerebro.
Se está hablando del valor de un individuo, de dónde reside, y de cómo darse cuenta de ello.

Parece que Verloc se confunde: en eso estaríamos de acuerdo casi todos. Hay por el mundo algunos que no lo ven claro: creen que el valor de gente con disminuciones cognitivas, o del tipo que sea, es menor. Para ellos va la frase del narrador: su "mente carecía de penetración", quedándose en la superficie del asunto, en lo visible.

El problema está en que el giro que da el narrador pensando en la señora Verloc es también, paradójicamente, una muestra de falta de penetración. Algo muy propio de nuestro siglo, por otra parte. 
Y ahora hay que agarrarse e ir poco a poco. 
El valor de los individuos no está en su capacidad, como piensa Verloc, pero tampoco en lo que son "a los ojos de cualquier señora Verloc". Eso lo haría depender de lo subjetivo: tienes valor porque te lo doy. 
El asunto está en dar otra vuelta de tuerca, en bajar a otra capa de la verdad. Porque resulta que, sin querer, el narrador acierta en el modo de decirlo, a la vez que falla en el de vivirlo. 
Por pasos. La frase correcta es "el valor de los individuos reside en lo que son en sí mismos". Ni una coma le falta. Son personas humanas, con una dignidad infinita, a pesar de todos los pesares: de su incapacidad actual para actuar o pensar. "Lo que son en sí mismas" implica eso mismo: por ser personas, son dignas. No hay que añadir nada más. Así de fuerte es el valor de la persona. 

El fallo está en quedarse en la función y abandonar la dignidad. En quedarse en lo que "son en sí mismas en apariencia" y no bajar a lo que "son en sí mismas en el fondo". O sea, que hay que abandonar el "es en sí misma un síndrome de Down" y pasar a "es en sí misma una persona, con síndrome de Down".

Y hemos llegado al final. La persona es el nombre importante. El adjetivo o adjetivos que les pongas depués, sólo la decoran, para bien o mal, pero siempre accidentalmente. La persona es digna siempre, por el simple -gratuito y querido por Dios, dice el cristianismo: ¡simple!- hecho de ser persona.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Educación y falsas esperanzas (Cielo de octubre, ese peliculón)

Hace ya unos días pude ver esta magnífica película. La vi en el colegio, con mis alumnos. E hicimos un cinefórum. La recomiendo con todas mis fuerzas. Para adolescentes. Y para padres. Mejor aún si se ve unos con otros, porque uno de los suculentos temas de los que se puede hablar -el más importante, tal vez- es la relación padre-hijo.

Pero ahora vamos a ir a otro de ellos, algo más secundario. La historia, basada en hechos reales, narra la historia de los inicios de la profesión de un científico de la NASA: el asombro, que es siempre la chispa que enciende la pasión intelectual, la pasión por el conocimiento, por la verdad. En su caso, por el espacio. 

Vamos a dedicar unas líneas a eso mismo: al amor a la verdad, en sus múltiples aspectos, como único motor imparable. 

En la película, como ya hemos dicho de refilón, hay un personaje clave: el padre. Es minero desde siempre: en el pueblo donde viven es la ocupación mayoritaria. Además, es el jefe de la mina. Se enfrenta, con gran severidad pero mayor justicia, a los miles de problemas que da el trato humano en un trabajo como ese. Y otro además: por lo visto, el carbón se está acabando y hay quien piensa en cerrar la mina. 

A todas esas, su hijo menor, el protagonista, después de un hecho clave que no pienso revelar, decide que quiere trabajar en un cohete y que le interesa mucho más el espacio que la mina. 
Ante esta situación, la frase del padre a su mujer es demoledora: "A nuestro hijo tenemos que darle una educación; no, falsas esperanzas".

Digamos para empezar que, en educación y enseñanza, es básico que haya esperanzas verdaderas. Tomemos "básico" en el sentido fuerte: la base sobre la que se construye: un porqué por el que estudiar o por la cual educar a nuestros hijos o alumnos. 

Pues bien -y esto va a sonar como algo fuerte e inamovible porque así es y así se ha pensado durante muchos siglos-, solo el amor a la verdad pueden cumplir hasta el final ese papel de base educativa. Eso incluye, obviamente, la existencia de la verdad y la posibilidad de alcanzarla. Los demás sucedáneos fracasan tarde o temprano: trabajar por dinero, por la fama, por el éxito, o por lo que sea sin la verdad, no funciona. 
El hombre es un animal muy especial: abierto a lo espiritual (zoon logon, decía Aristóteles), y que se alimenta no sólo de comida, sino de la verdad en sus múltiples variantes. 
Por eso a nadie le gusta que le engañen, como bien recordaba Agustín de Hipona (San Agustín, sí) en sus Confesiones de modo genial: "He conocido a muchos a quienes les gusta engañar a los demás; pero a nadie que quiera ser engañado". Por cierto que un día me dijo un chico: "Pues sí: a veces una madre se deja engañar por su hijo pequeño, o no tan pequeño". Es una falsa excepción, como se comprende fácilmente: si se deja engañar es porque sabe que le engañan, lo cual ya no es un engaño, sino una clase de teatro por parte de la madre.

Podrá decirse que hay quien trabaja sobre hipótesis. Así es, pero las hipótesis presuponen la verdad, a la que quiere llegarse con ellas. Mejor dicho: esas hipótesis cumplen (como si de teatro se tratara) el papel de la verdad, de modo que, en la investigación, se trata de ver si ese papel es el suyo o hay que seguir buscando. 

Por suerte, nos falta mucho por saber. Pero ya hay cosas que sí sabemos. Negarlo es, paradójicamente, afirmarlo sin querer. Ahí está la gran tontería de un cierto relativismo torpe, por poco matizado y poco reflexivo, tal vez.

Resumen posible: lo que el anhelo de ir al cielo (y conocerlo) es para el protagonista, hemos de encontrarlo -la verdad está en cada cosa- para cada alumno. Y ahí se unen educación personalizada y verdad. Y no en el tan equivocado "que cada cual llegue a su verdad". Son matices, pero de lo más importantes. La verdad -la realidad- pasa por delante.

Para acabar, citar un librazo imprescindible (así lo digo, sí) de Christofer Derrick, de título clarísimo y de subtítulo todavía más claro: "Huid del escepticismo. La educación como si la verdad importara algo"

domingo, 30 de octubre de 2016

Maniquíes desnudos encorbatados y postureo (intelectual, ético o del que sea...)

El caso es que el otro día volvía a casa a pie y vi esta preciosa alegoría en una tienda de muebles o decoración interiorista. Una lámpara humana. O algo por el estilo. Me paré y saqué una foto, porque la ocasión lo merecía. Resulta que, aunque no recuerdo ni desde cuándo la uso ni de dónde la he sacado, suelo usar esa metáfora, u otra muy similar, para explicar algo que ahora podremos dejar escrito por fin.

Imagine el lector que uno entra en una fiesta vestido exactamente así -obviemos para el caso la lámpara en sí no está-, y, ufano como nadie, le pregunta al anfitrión, que por no saber, no sabe ni dónde mirar: 
-¿Qué te parece? Bonita corbata, ¿verdad?

Claro: la respuesta es bastante obvia: "Bien, bien. Ahora vístete algo más, corre. Antes de que te vean". 

La corbata es un complemento, odiado por muchos y amada por otros. Y, por el simple hecho de ser un complemento, necesita otras cosas. No se puede complementar al vacío. 

Pues bien, resulta que gran parte del postureo -esta horrible pero resultona palabra- consiste ni más ni menos que en eso: ir en pelota con corbata. O con un precioso anillo, que esa es la otra versión. (Voy a olvidarme de todas esas fotos más falsas que un Judas de plástico para dejar paso a temas más serios todavía).

Intelectualmente, por ejemplo, uno puede hablar siete idiomas (incluso bien) y ser un perfecto ignorante. Lo mismo ocurre con un solo idioma, por supuesto. Pero eso sería ya otro post. Me refiero aquí al hecho de querer adornarse con el simple hecho de saber idiomas. Y quedarse, como decía aquel, en saber decir tonterías en siete lenguas.

O, también, darse humos por haber leído a no sé qué autor actual importantísimo -sin apenas haber entendido una sola letra, y sin jamás reconocerlo- y, sin embargo, no tener ni idea de muchos de los grandes autores de peso en nuestra cultura.

En lo que se refiere a otros campos, el ético, por ejemplo, la cosa se pone un tanto más peliaguda, porque ya se sabe que no hay que juzgar. Pero digámoslo: lo que no conviene juzgar son las intenciones de los sujetos concretos. Uno puede, sin embargo, hablar en general y en condicional: "Si alguien tiene esta intención...". 
Pues bien, hay que posee una dentadura brillante y una magnífica y luminosa sonrisa... y una vida personal lamentable. Un hipócrita, se le llama. 

Y, para acabar, una de las grandes cosas de las cuales se acusa, entre otros, a los católicos. Con razón, en parte. Algunos (y a cualquiera nos puede suceder, ya digo) van por ahí con la preciosa corbata de sus palabras y su asistencia a ¡semanales! reuniones de formación... y pasean sin saberlo la desnudez de su vida vacía de acciones genuina y típicamente cristianas, que todo el mundo conoce, y cuya ausencia se nos critica tan a menudo. Y quizás tan injustamente a veces: en ningún lado dice Jesucristo que haya que hacerlo todo bien. Yo siempre he leído, por suerte, aquel "no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores", o "he venido a llamar a los que estaban perdidos", y algunas más.

Dicen que la educación consiste en eso, precisamente: conseguir que la gente se vista.
Lo dicho: a ponerse ropa, que llega el frío y la corbata no abriga.


(-Pues tú más.
-Bien. Puede ser.
Así zanjaríamos algunos (posibles) comentarios a esta entrada. 
Yo hago lo que puedo.)



miércoles, 12 de octubre de 2016

Son los amigos, estúpido

"It's economy, stupid!"
Esa es, por lo visto, una de las frases que hizo que Bill Clinton ganara las elecciones del 92. 
Lo cierto es que no va por ahí el post de hoy: no tengo mucha idea de economía. Pero, claro, la frasecilla tuvo sus más de cinco minutos de gloria, y fue variando. Hoy la adoptamos en el blog de modo solemne: "Son los amigos, ¡estúpido!". Porque eso me vino a la cabeza -"a las mientes", como dice Becquer- al ver lo que rápidamente fotografié.

La foto no es muy buena, pero las frases sí.  Es un anuncio, aunque no sé muy bien de qué empresa. Tanto da. Pregunta, a un lado de la foto: "¿Juegos de cartas o videojuegos?", supongo que por aquello de tradición o innovación... Y Rafa Nadal, que es quien responde a esa dicotomía tan maravillosamente, devuelve la bola como en sus mejores momentos: "Mientras tenga amigos al lado, me da igual". ¡Ace, amigo mío!

Los planes son casi siempre lo de menos cuando se tiene tan claro que lo que importa es la gente. 
La razón es sencilla, pero no simple: trae cola. Resulta que los juegos buscan, principalmente, la diversión y el pasatiempos. Esas dos palabras tienen etimologías ilustrativas de qué son: di-vertir (vertir cosas diferentes), y pasar-el-tiempo. Naturalmente, puede uno añadir a los fines de los juegos la competición, el aprendizaje, etc. Pero, me parece, son fines secundarios: la diversión es igual de humana que al inteligencia o el amor. 
Pero el amor, eso sí está por encima. Y por eso mismo la amistad -y el eros: las relaciones de pareja- abarcan más que la diversión. Juegan en otra liga, por decirlo con la imagen futbolística. 
Esa es la razón por la que, cuando estás entre amigos o en pareja, el qué sea lo de menos. y se pase al quién. Los adolescentes lo tiene parcialmente claro. Cuando hay un plan, su pregunta es siempre "¿quién va?" y, después, "¿qué haremos?". Y tienen bastante razón. 

¿Por qué, entonces, lo de "parcialmente claro" solamente? Porque se dan situaciones en que el rebaño se impone a la gente de nombre y apellidos. Y el "todos lo hacen" se come sus ideales y su yo personal. 
Ejemplo doloroso y complejo: las discotecas. Puntualización: en su versión alcohol, droga y sexo a granel.

Hace un tiempo, un chicote -menor de edad, para más señas- me dijo que en la disco cada vez bebía más y que estaba harto. A mi pregunta directa -"¿y por qué vas?"- me respondió más claro que el agua: "y, si no, ¿qué hago?". Me pareció una respuesta desoladora: lo decía en serio. Y no era precisamente un colgado.
Y ahí se inició un diálogo que después he repetido muchas veces con gente diferente. Todos responden lo mismo. En resumen: que nadie iría solo, ni con gente que no conoce. "Pues nada", concluía yo, "ve a otro sitio con tus amigos y no os cozáis". 

¡Son los amigos, estúpido!
Donde hay amistad, el qué importa poco: como si vamos a tirar piedras a un río. 
Ya nos apañaremos. A pesar de la presión, que es tanta. 
El amor proporciona más felicidad que la simple diversión.


domingo, 9 de octubre de 2016

La tecnología y los tontos que la utilizan: "Objetivo: Londres"

Ya hace unos días que vi este divertimento bombístico-balístico. Sí estoy de acuerdo en que cada vez se hace más difícil hacer una película sin mensaje: plana, absolutamente vacía, o llena de tiros. En esta, de vez en cuanto se suelta una frase con sentido. Generalmente, a favor del matrimonio y de los hijos. Es bonito. El resto del tiempo, puñetazo va, granada viene. O donde dice "granada", léase "metralleta".

Pero en esta ocasión vamos a comentar otros aspectos. En concreto, la tecnología y su uso. Naturalmente, el cine no es, casi nunca, un ensayo filmado, o un tratado sobre temas serios pasado a película. Por eso conviene tirar del hilo cuando uno escucha una de esas frases de las que puede sacar mucho jugo. 
Ahí va la que vi (una de ellas):
"La tecnología: vale lo mismo que los tontos que la usan".
En la película, tienen al presidente americano a punto de ser degollado en directo para todo el mundo, pero sus aliados cortan la luz. Ahí es donde el presi suelta su resumen. 

Si se corrige una pequeña palabra, queda una interpretación del papel de la tecnología en nuestras vidas que es, en mi opinión, más que válido. Preferiría que Echkart, en su papel de máximo gobernante, hubiera dicho: "la tecnología: vale lo mismo que los que la usan", obviando ese "tonto", que tantas veces merecemos, sin duda.

¿Por qué me parece tan acertada esa manera de ver las cosas? Sobre todo, por un simple motivo, que mucha gente -dos grupos, por lo menos- parece no entender. La tecnología es neutra: eso dice. Su bondad o maldad depende de quien la use. Dando un paso más, podríamos decir que la tecnología en sí es buena: es una invención humana. Pero puede usarse mal, si el sujeto que la usa es malo. Así se hacen malos los sujetos y la tecnología, por contagio. 
Los dos grupos de gente que no entienden esto son los que están en los extremos. En ese sentido, les viene bien el nombre de extremistas, aunque esa palabra tenga tintes negativos que no querría usar. 

En primer lugar, tenemos a quienes dicen que toda la tecnología y siempre es buena. Eso es tanto como exagerar dos posturas: la de pensar que es buena sin uso alguno (en general), y la de pensar solamente -obviando la realidad- en los posibles usos buenos, cuando es innegable que se usa muchas veces mal. 

En segundo lugar, están también quienes, guiados seguramente por la parte mala del uso, señalan que solo puede usarse la tecnología de modo degradante para el usuario. Su argumento sería, quizás, algo así: "Como a veces puede hacer el mal, es siempre malo". Es un modo de argumentar bastante extremo y, sobre todo, equivocado. La utilización de la mínima lógica niega ese modo de razonar. 

En realidad, como tantas veces ocurre, lo más correcto es lo armónico, el punto medio: la tecnología "vale lo mismo que los que la usan", sean tontos o no. Sólo las personas son buenas o malas. De las cosas, solo secundaria e impropiamente puede hablarse de bondad o maldad.

Debemos enseñar a los usuarios -deben aprender ellos, si se quiere- aprender a usarla bien, y a no usarla mal. El sujeto se mejora o empeora actuando, y también pasa a las cosas su maldad o bondad. La tecnología se embellece con los usos bellos, pero esos usos los dan las personas concretas.

Objetivo: Londres. Y objetivo: educar, con y sin tecnología, para que los chicos (y no tan chicos) sepan usar la tecnología, o no usarla. "Uso", esa palabra tan clave para entender esto. 








sábado, 8 de octubre de 2016

El pensamiento y los agentes secretos...

¿Qué tiene que ver el pensamiento con los agentes secretos? Mucho, por supuesto. Pero, para lo que aquí nos interesa, probablemente nada de lo que uno se imagina.

Resulta que estoy con "El agente secreto", un señor libro, de Joseph Conrad. No creo haber leído nunca un libro que cuide tantísimo la forma. Esos adjetivos, tan frecuentes y tan bien encontrados; esas descripciones en que lo subjetivo y lo objetivo se hallan excepcionalmente bien unidas... Nunca, sin duda. Conrad es, de todos modos, muy negativo para mi gusto. Si hay una mesa, estará apolillada; si un personaje sonríe, será imperceptiblemente y con sonrisa amarga... Un prodigio de la precisión, pero en negativo. De todos modos, no quería detenerme en este particular, sino, como suele pasar en este blog, en una frase-cerilla. Son ese tipo de frases que se le encienden a uno y dan luz, porque le llevan a otros lugares: a temas interesantes y de calado. 

Aquí va la que leí hace dos días: 
"El pensamiento no tiene miramientos por ninguna persona"
Es, bien pensado, un alegato por el realismo filosófico. O eso me pareció. 
En efecto: sostener que "el pensamiento no tiene miramientos por ninguna persona", ¿no significa entender que el pensamiento esta, de algún modo, por encima de nosotros? Así lo entendí yo. 
Es decir: por supuesto que las cosas las pensamos nosotros, pero hay algo en nuestro pensar que escapa de nuestro control. El pensamiento no se queda en nuestra mente: tiene tendencia a salir a fuera. A eso se le llama, a veces, intencionalidad. Cuando uno piensa, lo hace sobre el mundo real y con pretensiones de verdad. ¡Y por fin aparece la palabra: verdad!

Se me ocurren dos consecuencias:
Primera: por más que ame a una persona, si lo que pienso le afecta negativamente, lo hará a pesar de mi amor o parentesco por ella. Por ejemplo: "quienes mienten deliberadamente, lo hacen mal y se hacen malos en algún sentido". Mi mujer -yo mismo, ¡qué caray!- puede ser una mentirosa compulsiva. Y lo hará mal, a pesar de ser mi mujer. O lo haré mal, si el mentiroso soy yo: mi pensamiento no tiene miramientos por mí. La verdad duele, en ese sentido. Pero libera, en otro, tan parecido. (Lo mismo canta Sting: "Truth hits everybody". Temazo.)

Segunda: si pienso equivocadamente, algo acabará pasando que me afectará. Si, pongamos por caso, pienso que los hombres pueden volar con la sola ayuda de sus brazos, mejor que no intente demostrarlo. De lo contrario, algo ocurrirá. En ese sentido, la frase de Conrad me recordó a otra de C.S. Lewis, que ya se ha comentado por aquí: "La realidad es iconoclasta". Es decir: rompe las imágenes (erróneas) que de ella hacemos. La realidad es como es, aunque no sepamos a veces del todo cómo. Eso, sin duda, no es relativismo, sino realismo: el pensamiento es una de las armas de conocimiento, pero ese conocimiento es del mundo, real y ajeno a mí, tantas veces.
(La cosa se complicaría algo más si consideramos que nosotros -el yo que piensa- también es real, y no solo sujeto. Pero eso ya da para otros libros, no solo posts de blog).

Pues eso: el pensamiento no tiene miramientos por nadie. Y eso es muy interesante. Por es conviene hacer pensar a los alumnos, queridos profesores. Y a los hijos, queridos padres. La verdad es más educativa que los padres y los profesores.

sábado, 1 de octubre de 2016

Pon la oreja...


De vez en cuando, una frase le interpela a uno más de lo normal. Por la situación personal, o por su excelente equilibrio entre lo que dice y cómo lo dice, o por ambas cosas.

Ahí va una:

"Escuchar con paciencia es, a veces, una caridad mayor que dar".
Eso dijo, y muy bien, San Luis, rey de Francia, que vivió de 1214 - 1270. Seguro que tenía una experiencia más que amplia. Siendo rey y santo -mezcla que hoy apenas entienden unos pocos-, seguro que tuvo que escuchar mucho más de lo necesario o justo. Ahí entra la caridad. 
¿Nos saca algo más de 700 años de ventaja?

La prisa nos come hoy día. Ya no tenemos tiempo para nada; ni para escuchar. Oímos muchas cosas: ruidos, música (escuchar es algo ligeramente diferente). 
Y, en plena era de la comunicación, uno lee con sorpresa en un diario una entrevista a la fundadora del teléfono de la esperanza: un lugar al que llamar, por si ocurre que nadie te escucha.
No es textual, pero se parece mucho. En aquella entrevista, se contaba cómo una señora llamó solamente para decir que había hecho un puré excelente. Si no diera tanta pena, sería para partirse de risa o hacer un chiste gráfico. 
El ser humano, como decía Heidegger, habla; es más, no puede dejar de hablar. Y cuando no expresa o exterioriza lo que habla, sigue hablando.
Pero ese hablar necesita un receptor: hablar por hablar, hablar al cuadrado, como decía mi amigo. 

Y no se trata, por cierto, de escuchar por un interés sucio, sino de superar el corto concepto de necesidad o justicia. El hombre necesita superarlo para ser él mismo: "Si a los hombres se les hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado", pregunta Hamlet. (Siempre Shakespeare, sí).
Y podemos volver otra vez a San Luis, rey de Francia: no me des dinero, escúchame. Eso, por cierto, me explicaron a mí desde pequeño: da limosna de tu tiempo, de tu cabeza, de tu mirada, de tu simpatía, de tus cosas. Incluso, ya que estamos, cuando des dinero a alguien: mírame a la cara y dáselo como una persona, y no como a un florero a una caja. Pregúntale.

A quienes nos dedicamos a la educación, nos viene como anillo: escucha, que es la única manera de tomarse en serio a alguien y de que alguien note que es así. Escucha todo, y no sólo lo útil; lo que tenga sentido y lo que no. 



miércoles, 31 de agosto de 2016

Praga, las tres W y El Renacido y Fast and Furious 7 (toma ya...)

Este verano, a Dios gracias, hemos juntado muchas experiencias impresionantes de tres letras. Por ejemplo, nunca había ido en AVE, pero ya sí. Nunca me había tomado un TGV (tequila, ginebra, vodka... y coca-cola y hielo), pero ya sí: un poco aguado, pero mejor así.

Y ha habido otras, las JMJ (Jornada Mundial de la Juventud), en Cracovia... y las WWW, que yo pensaba que significaban World Wide Web; y no: son Wheels, Women and Whisky. 

Resulta que, paseando por Praga (es un decir: íbamos a toda leche a todas partes; y tarde), vimos edificios increíbles, que también fotografié, con gente al lado. Y este coche, con esa inscripción trifásica que aparece aquí a la izquierda. Ahí está el espíritu de los tiempos -una parte solo, por suerte-, encarnado en una pegatina: ruedas, mujeres y whisky. Sólo le faltaba añadir, al buen hombre, la conclusión: "¿qué más se puede pedir?". 
Se trata, como decía antes, de una concreción posible de un cierto paganismo del S.XXI. Paganismo, de pagos, terruño, pedazo de tierra: manera de ver el mundo que no va más allá de la tierra. 
Y ahí entran en juego las dos películas. En "El renacido", Tom Hardy encarna a un buscador de pieles enemigo de Leonardo Di Caprio. En un momento dado, mientras cenan en una cueva, habla de su padre con otra persona. La frase no es textual, pero la idea es la que digo: "yo no tengo religión, como mi padre. Mi padre no creía en nada más que la comida y todo lo que pudiera cazarse". He ahí una descripción brevísima y cinematográfica del paganismo, algo más sencilla que la del coche. 

En cuanto a Fast and Furious 7, esa película de coches y porrazos, me sorprendió, por decirlo así, que dentro de su esquema hedonístico-utilitarista-pagano tan actual (¿no era Ronaldo aquel de quien se dice que solo le gustan las mujeres y los coches?), se oyeran varios alegatos en pro de la familia. El más llamativo, quizás, el de Dom, el Vin Diesel de la película. Uno de los que va soltando. El primero. Mira a los ojos de Paul Walker, y le dice: "todos buscan emociones. Pero lo más importante es la familia. Agárrate a eso". Después, tortazos y derrapes a mansalva.  Y se ve que ahí está su familia, sí: mujer y un hijo, al que se va a sumar otro que va en camino. Pro-life. 
Algo está cambiando en Hollywood. Ojalá se eleven las miras, poco a poco. Ojalá.


martes, 23 de agosto de 2016

¿La fealdad nos invade? La belleza no escasea

Esta mañana he recibido un whatsapp con una foto: era una carta al diario. Se titulaba "La fealdad nos invade". La carta, de un hombre de Sant Pol de Mar, estaba bien escrita, y era hasta bonita en su modo. Pero algo pesimista: nostálgica, como mínimo. Se hablaba del avance imparable de la fealdad. 

Al rato -era un grupo de whatsapp: no me ha llegado sólo a mí- ha habido respuestas: tres fotos con una frase. "La fealdad nos invade, pero la belleza no escasea tampoco". 
Lo cierto es que no habíamos leído bien la carta. El buen lector no se refiere a la naturaleza, si no a "aquello que es creado por la mano del hombre", así que la respuesta que le dábamos desde nuestro particular chat no servía del todo. Sí en parte: son fotos. y eso ya es creación nuestra. La naturaleza nos da mil vueltas en belleza, pero las fotos "son bien bonicas", como diría uno que yo me sé, en aragonés forzado.

Después de darle unas vueltas, me han venido a la cabeza dos cosas: aquellos versos -malos, dicen- de Rafael de Campoamor que tan citados son, y una palabrota griega que ya vendrá después. Ahí van los versos: 
"Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira".
Se suele acudir a ellos para hablar del relativismo en el conocimiento. Pero bien pueden usarse en el que ha generado el lector en nuestro grupo de chat. Hay fealdad; hay cosas bellas. ¿Depende de cómo lo mires? Bien, pues ahora viene la reflexión, y que cada cual se sirva lo que quiera.

Porque he ido a ver cómo era el poema entero y me he llevado una alegría: habla de Diógenes, ese personaje griego que iba por el mundo con una linterna, buscando un hombre. Uno, siquiera. y no lo encontraba. 
El poema, primero.

LAS DOS LINTERNAS

I

De Diógenes compré un día 
la linterna a un mercader; 
distan la suya y la mía 
cuanto hay de ser a no ser. 
Blanca la mía parece; 
la suya parece negra; 
la de él todo lo entristece; 
la mía todo lo alegra. 
Y es que en el mundo traidor 
nada hay verdad ni mentira; 
todo es según el color 
del cristal con que se mira.

II

- Con mi linterna - él decía- 
no hallo un hombre entre los seres-. 
¡Y yo que hallo con la mía 
hombres hasta en las mujeres! 
él llamó, siempre implacable, 
fe y virtud teniendo en poco, 
a Alejandro, un miserable, 
y al gran Sócrates, un loco. 
Y yo ¡crédulo! entretanto, 
cuando mi linterna empleo, 
miro aquí, y encuentro un santo, 
miro allá, y un mártir veo. 
¡Sí! mientras la multitud 
sacrifica con paciencia 
la dicha por la virtud 
y por la fe la existencia, 
para él virtud fue simpleza, 
el más puro amor escoria, 
vana ilusión la grandeza, 
y una necedad la gloria. 
¡Diógenes! Mientras tu celo 
sólo encuentra sin fortuna, 
en Esparta algún chicuelo 
y hombres en parte ninguna, 
yo te juro por mi nombre 
que, con sufrir al nacer, 
es un héroe cualquier hombre, 
y un ángel toda mujer.

III

Como al revés contemplamos 
yo y él las obras de Dios, 
Diógenes o yo engañamos. 
¿Cuál mentirá de los dos? 
¿Quién es en pintar más fiel 
las obras que Dios creó? 
El cinismo dirá que él; 
la virtud dirá que yo. 

Y es que en el mundo traidor 
nada hay verdad ni mentira: 
todo es según el color 
del cristal con que se mira.


No está mal. Creo que serviría como respuesta al lector de la nostálgica carta.
Por si las moscas, lo expongo: la belleza está en el mundo, pero se ve con los ojos. Si están sucios, no se capta. Por lo que escribe en su carta, no tiene los ojos sucios: seguro que es capaz de ver mucha más belleza de la que explica. Supongo que tuvo un mal momento al escribir la carta y le pesó más lo negativo. ¿A quién no le ocurre eso de vez en cuando?

Pero hay otra cosa (y hasta dos): la palabra griega: kalokagathía. Cito de la Wikipedia con algún que otro cambio o aclaración:
Kalokagathia (καλοκαγαθία) es el sustantivo derivado de Kalos kagathos (en griego: καλὸς κἀγαθός). Es una frase usada por clásicos escritores de la Grecia clásica para describir un ideal de conducta personal, sobre todo en un contexto militar. Su uso está atestiguado desde Heródoto y el período clásico. La frase está compuesta por dos adjetivos, καλός ("bello") y ἀγαθός ("bueno"), el segundo de los cuales se combina con καί "y" para formar κἀγαθός. Werner Jaeger, el estudioso más prestigioso del mundo griego, lo resume como "una formación espiritual plenamente consciente” que estaría fundada en "una concepción de conjunto acerca del hombre".
Y ahí va mi tercera idea al respecto, que ayudará a dar razón de lo que sostiene el amigo de la carta. 
Dice Jaegger que se trata de "una concepción de conjunto acerca del hombre". O sea, que con decir bueno y bonito está dicho todo. O sea, que la belleza no se puede separar de la bondad. Y en un mundo en que tantas veces la moral brilla por su ausencia, es lógico que la belleza esté también ausente. Y en positivo: cualquier cosa buena es bella. ¡Qué linda acción!, dicen los mexicanos. Y así es. Una sonrisa: belleza. Esto da para muchos libros.

También se puede explicar el crecimiento exponencial de cuerpos bellos que campean en la web, y que se quedan ahí: en ser fibrosos. La concepción de conjunto del hombre ha quedado en concepción unilateral: físico-biológica. Ahí está la belleza, dicen. Y en ninguna otra parte. Eso decía un anuncio de coches que ya tiene un tiempo: "¿Desde cuándo a alguien le importa si eres bella por dentro?". Y así nos va.

Dando un penúltimo subidón, iremos a la estética clásica, que unía belleza no sólo a bien, sino al ser. Todo lo que es, es bello por el hecho de ser. 
Quien piensa así (y hay quien asegura que no se puede), dice cosas como Carlos Cardona, ese metafísico: "la creación es el precioso jardín que Dios hizo para que el hombre descansara". O como que las piedras son bellas. O como Ratzinger, ese fenomenal teólogo sensible, que habla de la maravilla de las flores en sus colores como el sobrante a la utilidad para la polinización que Dios puso ahí gratuitamente para nuestro disfrute gratuito, como si fuera su firma. (Esta frase hay que leerla dos veces). O como que los jaguares son bellos, corriendo en equilibrio. O como que el hombre, por el hecho de ser, es bello en su actuar humano. En última instancia, hasta un cuadro feo es bello en un cierto sentido: por ser humano. Jamás un mono pintará un cuadro: le falta la intención y la capacidad de expresarse a sí mismo. Ese es, ¡entre otros!, el motivo por el cual los cuadros de Jackson Pollock son respetables, aunque uno pueda valorar mucho más a Velázquez, en términos de belleza. La belleza, ese trascendental del ser, que va de lo mínimo, a Dios.
En negativo: kakós, kaké, kakón, es feo en griego. Cuando un niño hace algo que no está bien, se le dice (en algunos sitios, como mínimo) "caca". No me extrañaría un pelo que viniera de ahí. Y a otros, tampoco. 

Nos queda el salto a la teología, ya anunciado. Lo más bello en la creación es el hombre. Y, para los creyente es algo claro, el más bello de los hombres, Cristo: Dios hecho hombre.
Ahí va el Salmo 45, que se aplica a Jesús:
2 Me brota del corazón un hermoso poema,
yo dedico mis versos al rey:
mi lengua es como la pluma de un hábil escribiente.
3 Tú eres hermoso, el más hermoso de los hombres;
la gracia se derramó sobre tus labios,
porque Dios te ha bendecido para siempre.
Dicho esto, que cada cual le dé a su cabeza.
La fealdad avanza, como los hombres. Pero la belleza no escasea.

sábado, 20 de agosto de 2016

La verdad y las preguntas

La verdad es que "La Verdad" me gustó. (No he podido resitirme a decirlo así de mal). Se trata de una película en que Robert Redford y Cate Blanchet se visten de Sócrates, en las dos caras de una sola moneda.

Sócrates tiene ya muchos siglos: más de 26. Pero volvemos a él una y otra vez. A su interés natural por la verdad. Suyo y de todos los hombres. Y a su método mayeútico, de parturienta, para llegar a ella desde uno mismo: a aceptar la verdad como algo que se nos da y recibimos. Ambas cosas.

En la película, que algunas críticas tachan de lenta y pretenciosa, hay algunas perlas auténticas sobre esto mismo: la verdad y el método (camino, en griego, es methodos) para llegar a ella.

Primera: 

-Hacer muchas preguntas. Las preguntas hacen que salga la verdad.

Sócrates en estado puro: "que salga la verdad". Se trata de la filosofía erotética: de preguntas. Los diálogos de Platón están llenos de preguntas. Tantas, que puede uno hartarse.

Avanzada la película, el guión insiste:

-Buscamos la verdad. Eso hacemos. Nuestro ego pasa a segundo plano. 

Esa es la profesión del periodista. 
Y de todo ser humano, aunque sea algo mucho más que una profesión: es la alimentación de nuestra parte no física. A ver si de una vez centramos la educación en esto, y no en lo demás, sea lo que sea (aulas, iPads, profesores, alumnos, etc...)
Pero ojo con los matices de la frase:

"Buscamos". Y nos busca. La verdad no es un animal que camine por las calles, pero sí es más cierto, por raro que suena, decir que nos la encontramos mientras la buscamos que asegurar que la tenemos porque somos listísimos.

El papel del ego, ya implícito en la explicación que intentaba dar en el párrafo anterior. Soy yo -mi ego- quien está o no en la verdad al decir o pensar o hacer algo, pero no soy yo -mi astuto, bello o inteligentísimo ego- quien ha parido esa verdad. Por eso los grandes inventores son eso, inventores: "invenire" es "encontrar" en latín. Una búsqueda para la que estamos más que preparados, y un objeto más que encontrable, que se nos ofrece, como lo visible a los ojos y lo audible a los oídos.

Hasta aquí hemos llegado. 
Grande, Redford, por otra parte. Aunque algo estirado y pagado de sí, según otros. Con 80 años, yo se lo perdono.



domingo, 14 de agosto de 2016

Lecciones olímpicas III: Oro para Nadal-López o Una alegoría del matrimonio

Ha pasado un día, y Rafa Nadal ha tenido tiempo para, a pesar de todo, no ganar contra Del Potro. Lástima. Pero no se nos puede olvidar lo que hizo un día -unas horas- antes. Ganar un oro en dobles. Y de qué manera: después -unos minutos antes- de doblegar a Bellucci. Eso es ya digno de una gesta. 

Nunca había visto un partido de dobles. Y menos aún a esas horas de la madrugada. Y me dio que pensar, además de sufrir y botar como un loco. 

Pensadas las cosas un poco, resulta que el partido Nadal-López contra aquellos otros rumanos Mergea y Tecáu puede usarse como una bonita alegoría del matrimonio y su día a día. 
He intentado escoger fotos que apoyen lo que digo, ya que primero lo vi. Está claro que una metáfora es una metáfora, y que podrán ponerse pegas, pero creo que sirve para pensar. 

Por empezar de alguna manera, empatía: luchar por reaccionar acorde a los sentimientos del otro. Somos un equipo. Y mucho más, según el catolicismo, que usa en latín una expresión fortísima. Marido y mujer son "una caro", una carne. Dos en uno y uno en dos. De ahí salen todas las características: de la lucha por alcanzar ser uno con el otro. Veamos algunas de ellas.

Celebrar cosas. Celebrar puntos grandes, y también los pequeños: los edificios grandes están hechos de piedras o materiales pequeños. Celebrar un cumpleaños de pareja, un aniversario especial, un éxito de uno de ellos, un día bonito, un algo que ha salido bien. 
Una buena celebración eleva el ánimo propio y el de la pareja. Llamó la atención cómo Nadal celebraba cada punto cuando López parecía más hundido, sabedor de cómo se sube la moral y cómo ganar al otro por derribo. 

Otra: estar ahí y darlo todo, sin excusas. Intentarlo. Dar lo mejor de sí. Esa pareja de oro es claramente desigual: por eso ganaron.  Me explico: Nadal es un jugador poco experimentado en dobles. Se veía que le faltaban los truquillos típicos de esa especialidad del tenis. No así a López, que iba repartiendo globos y reveses cortados muy buenos y útiles: ganadores.  Lo mismo en el matrimonio: funciona porque no somos iguales, pero cada uno lo da todo. Cada cual con sus potencialidades, tan útiles en las diferentes etapas de la vida: la fortaleza a veces, el cariño otras, la prudencia siempre, etc...




Perdonar(se) errores. Basta un apretón de manos, una mirada, un beso: "no es fallo tuyo", "no pasa nada", "somos un equipo", "vamos", y similares. Porque todos los cometemos. 

Y animarse... mutuamente, que todos fallamos. Es cierto que López estuvo fallón en algunos momentos del partido. Pero también es verdad que Nadal falló de lo lindo algunas veces también. Y, siempre, un choque de manos. No era para celebrar: era para conjurarse. Cada matrimonio ha de hacer lo propio, y a su manera. 

Hablar las cosas: decírselas a la cara, o como sea. Pero decírselas. Las buenas, las mala. Y pedirse consejo. Y darse consejo. Hablar: importantísimo. No es cuestión de tácticas solamente. Es cuestión de que cualquier persona no esquizofrénica funciona así: a una. Así funcionan los seres humanos: si quieres cantar al unísono, mira al otro. 
Me hizo ilusión, además, que hablaran tapándose la boca. Es una moda, pero es una realidad tan propia del matrimonio. Hay que protegerse de las miradas ajenas. La intimidad es esencial en las parejas. Y hay decisiones que se toman bien así, y mal, de todas las demás maneras. Conviene guardarse un tiempo de intimidad tranquila donde poder hablar las cosas, decidir, e ir a la par: a una, como en Fuenteovejuna.

Antes de acabar, una muy importante: saber envejecer juntos. Eso implica tener un proyecto común, querer tenerlo y luchar para que se cumpla. Y perdonar los achaques que la vida da. Y saber tirar para adelante con menos fuerzas y más experiencia y sabiduría. Y tantas otras cosas.



 


Y así, dejando de lado muchas otras (reposar las cosas, saber envejecer juntos, etc...) que cada uno podría sacar, llegamos a la victoria final, llena de derrotas parciales: cansados, pero contentos. Emocionados, pero juntos. 
Fieles. 



viernes, 12 de agosto de 2016

¿Inteligencia al servicio de las emociones?

"Es hora de pensar menos y sentir más". Así empieza la letra pequeña de este provocador anuncio, que tiene ya un tiempo. De buenas a primeras, diría que lo que nos conviene es lo contrario.

Es, sin duda, un gran coche. Hecho, por cierto, con mucha inteligencia y, posiblemente, menos pasión. La pasión no diseña coches conducibles. Aunque pueda tener su parte en el asunto. (Pasión que, en resumidas cuentas, es una emoción fuerte: un estímulo exterior potente que nos lleva a movernos, más que a pensar).

Gran pareja, la de emoción (o pasión) e inteligencia. Pareja humana como pocas. Y gran problema, ya desde antes de Platón, la de saber qué papel debe jugar cada una de ellas. 

¿Debe estar la inteligencia al servicio de las emociones?
No parece. Sí nos gustaría que fuera así, por supuesto. Y, de hecho, sí es así en muchos ámbitos. 
¿Es algo malo?

Se trata de pensar, en primer lugar, qué dice el anuncio sin decirlo claramente. Porque es una pregunta abreviada. Lo que quiere decir es: "deja que tu inteligencia se ponga al servicio de tus emociones en lo que haces" o, mejor dicho, "deja que tu inteligencia te señale acciones que te generen emociones". En concreto: "la inteligencia ha hecho este coche para que te genere emociones". Hoy día se venden emociones, dicen los expertos. Ahí tenemos un ejemplo.

Dicho esto, se trata de ver en qué ámbitos la inteligencia puede estar al servicio de la emoción. En el ámbito de la utilidad y la supervivencia, está claro que la inteligencia presta sus servicios. Pago al arquitecto para que, con su inteligencia, me procure un hogar que me proteja y me ofrezca cierto confort. De eso a hablar de emociones habría un trecho todavía, pero puede entenderse así.

Pero en el ámbito de la rectitud ética personal, las emociones deben ocupar el segundo lugar, el del copiloto, porque está en juego ni más ni menos que la libertad personal. ¿Puedo ir por el mundo intentando actuar de modo que la vida sea emocionante? Pues en parte sí, pero en gran parte, no. No, porque las emociones no comienzan cuando yo quiero, ni tienen la intensidad que quiero, ni acaban de impactarme cuando quiero. Son, en ese sentido tan concreto, ajenas a mí. Y son, en otro modo, mías: las siento yo. La emoción viene con un hecho: se trata de hechos emocionantes. No existen las emociones en sí, por decirlo de alguna manera. Y, en parte sí, porque ya sabemos qué acciones hay que hacer para sentir según qué emociones. 

Es clarificador el ejemplo del copiloto. ¿Qué libertad de conducción tiene el piloto si quien decide es el copiloto? Más bien poca, a no ser que la decisión sea del piloto y el copiloto se limite a dictar lo que previamente se ha dicho. Esta situación, deshecha ya la metáfora, describe la situación de los hombres más maduros y libres: a base de educarlas -de aprobarlas o rechazarlas con la inteligencia-, las cosas buenas provocan emociones buenas, y las malas, malas. Eso quiere conseguirse con el gran educador infantil: "niño, caca". O sea: "Niño, date cuenta de que eso es malo y no solo debes catalogarlo así con la inteligencia, sino que ha de provocarte un rechazo, un respingo: algo emocional, un miedo, un temor". Eso es educación en toda regla. 
Volvamos a la metáfora. Hay quien dice que el copiloto no es necesario para conducir un coche. Y es cierto, pero es muy útil. Quien conduce es el piloto, pero el copiloto consigue que el viaje sea más ameno. La razón guía, las emociones -bien llevadas- son la salsa de la vida. Las emociones no son necesarias para vivir, pero la vida se vuelve sosa y la depresión hace muy cuesta arriba el pasar de los días. (La vida trae consigo sucesos emocionantes. Pero uno puede tener la psique destrozada y no vivirlos como tales). 
No somos inteligencias. Ni emociones. Somos una buena mezcla, que el yo personal debe unir. Yo, como persona única, debo encontrar el modo de unir emociones e inteligencia en mi actuación: no haré lo que me salga sin más. Y en ese "sin más" está la clave. Las que me hagan mejor persona, tendrán cabida en mi vida; las que no, procuraré reconducirlas, reprimiéndolas a veces. 

Lo cierto es que el slogan de Mercedes es eso, un slogan. Pero es verdad que nuestra sociedad lo ha adoptado en muchas cosas: de ahí la falta de templanza tan característica de nuestro siglo. 


El post podría estirarse mucho, además de que está algo deshilachado. Dejémoslo aquí y que cada cual siga, si quiere.

jueves, 11 de agosto de 2016

Lecciones olímpicas II: Jake Gibb o la veteranía inaplastable en el beach volley


Ahí lo tenemos: Jake Gibb. Un ganador en toda regla. Aunque ayer perdiera junto con su pareja Casey Patterson contra España. 

¿Cómo me he enterado yo de todo esto? Pues la vida misma. Después de visitar el Thyssen -del que ya hablaremos más adelante-, fuimos con unos amigos a pasar el día a una de esas casas con césped, sombra y piscina. Después de comer, eché un vistazo a la tele: voley playa masculino. Veamos. Y ahí estaban los españoles, más que concentrados: ganando el primer set. "Bien", pensé, "vamos a ver cómo acaba esto", porque estaban ganando el segundo set, pero les remontaban. Y les remontaron. El resultado es sabido ya: ganamos. 
Pero la cosa no era eso. Lo que me llamaba la atención, como absoluto profano en materia de voley playa, es que estuviéramos ganando a USA. 
Y ahí empecé a enterarme de cosas interesantes. Lo demás, internet, que para eso está, también.
Por ejemplo, que España ganó la medalla de plata en Londres 2012. 
Por ejemplo dos -y aquí está el grueso del asunto-, que la pareja estadounidense es también muy buena. Y que el bueno de Gibb tiene ni más ni menos que 40 años, cosa que nadie diría viendo cómo se mueve por la pista arenosa: es más que notable su agilidad. Y que el bueno de Gibb ha salido adelante en la lucha contra dos cánceres. El último, uno de testículos de 2010. 
He añadido una segunda y tercera foto porque ahí se ve a su pareja. Resulta que Casey Patterson, que por el pelaje de mohicano parecía un crío, tiene 36 años. 
Me quedo con la segunda foto: ese gesto de juventud no sólo de los hijos, sino de ellos. 
Ahí están, en esa mano izquierda, dos cánceres superados. 
Y con 40 años, en los juegos olímpicos tirándose por la arena.
Toda una lección. 
Envidia de la buena.

martes, 9 de agosto de 2016

Lecciones olímpicas I: Mireia Belmonte o Echar toda la carne en el asador

Es, por ahora, nuestra única medalla. De bronce. Es una maravilla, caray. Sobre todo por cómo la ganó: remontando, arriesgando, dándolo todo. Además, según uno se mete a investigar un poco, se da cuenta de que, como no podía ser de otra manera, estaba todo más que estudiado y trabajado en duros entrenamientos. Al final, añado unas palabras de su entrenador especialista. 
¿Qué podemos aprender de esta campeona? Quizás no su talento innato, que lo tiene, como comentan sus entrenadores. Pero sí su esfuerzo imparable, su capacidad de sacrificio: su echar toda la carne en el asador. Ganó porque supo remontar, porque acabó sin oxígeno y estirando el brazo todo lo que pudo: por una uña, por menos de la quinta parte de un segundo. 
Esa mentalidad, bien nos puede venir a todos: darse hasta el final en lo que hacemos. Y me sirve también Belmonte en esto, porque, a día de hoy, también ha dejado de clasificarse para algunas finales. No siempre sale bien todo, pero se trata de intentarlo de verdad hasta el final. 
Dicen que no es oro todo lo que reluce: en su caso es, además de su sonrisa, el bronce olímpico, y vale mucho la pena, que ha sido también mucha.


Ahí van los comentarios.

 "En varios entrenamientos hizo series de 15 metros nadando sin respirar con unas poleas que podían añadirle hasta diez kilos. Es un ejercicio que ya hacía Michael Phelps con un chaleco de peso. Es duro, pero se nota. Si eres capaz de acelerar sin respirar, si te ahorras sacar la cabeza y girar el cuerpo, la ventaja es considerable".

"Todo parte del talento innato de Mireia y de su capacidad de sacrifico. Para mejorar la patada, por ejemplo, hacemos un ejercicio: el nadador parte del fondo de la piscina en posición de flecha y debe salir a la superficie todo lo que pueda. Algunos no pasan del pecho, pero ella sale hasta las rodillas".

miércoles, 27 de julio de 2016

Federer (o "Cuando no hay, se agradece que haya habido")


Fue ayer mismo. Roger Federer anunció en su web oficial y en sus redes sociales que no iba a representar a Suiza en los Juegos Olímpicos. (Como si nos importara, dicho rápido y mal, lo que le pasa a Suiza: Roger Federer representa -para muchos- al tenis mismo. Que sea suizo es un hecho accidental). Y no solamente eso, sino que dejará de participar en torneos hasta el 2017, porque prefiere recuperarse bien y jugar un par de años más. Bien. Esperemos que vuelva a lo grande, a lo Michael Jordan.

Quería destacar un hecho que el propio Federer señala en su escrito. No sé si lo ha redactado él o su gabinete de comunicación. Sea como sea, está muy bien hecho, me parece. Dice el texto que esta experiencia, esta lesión, le ha hecho darse cuenta de la suerte que ha tenido con las lesiones a lo largo de su carrera: han sido muy pocas, en efecto. 

Me parecía y un atleta excelente y un espectacular ganador. Pero esto suma ya un grado a su mérito: sabe mirar atrás y analizar con acierto. Se puede pensar que es lógico: sin esa actitud no estaría en lo más alto. Y lo es. Ahí está, sin embargo, escrita, su declaración, que tiene una gran sabiduría no solo deportiva. 
Me explico: al faltarle a alguien algo bueno, uno puede quejarse, o puede, sin dejar de dolerse por la pérdida, agradecer y sentirse afortunado por lo que hasta ese momento ha tenido. 

Eso mismo me comentaba un amigo hace pocos días: "Quizás no soy consciente de lo que tengo. Quizás sólo lo somos cuando lo perdemos". Lo más difícil de aprender es aprenderse a uno mismo.

El que lo decía -y me envió la noticia- es, además, un gran amante del tenis de Federer.
Casualidades aprovechadas.




lunes, 25 de julio de 2016

Cerveza y lealtad (y miedo)

"Ya si eso, te llamo". 
"Vale, nos llamamos y tomamos algo".
Y cien más.
Son frases con las que uno queda sin quedar, con lo contradictorio que suena... y es.

Que conste que no me patrocina Estrella Galicia. Pero hace unos días, en Madrid, mientras huíamos del calor como podíamos, unos amigos decidimos tomar una cerveza y unas patatitas.

Y nos las trajeron, previa entrega de el presente cartoncillo que se usa para no ensuciar la mesa. Todo un mensaje. 
Nuestra sociedad, que avanzó y avanza con la palabra dada, se viene abajo cuando se resiente el valor que le damos a nuestras promesas. 
Basta pensar -ojo al salto- en la fama que tiene el matrimonio. O la vida consagrada. Prometerse.  ¡Qué palabra! Comprometerse. ¡Otra todavía peor, que exige dos libertades! Ponerse a uno y a otro delante, en el tiempo, en el futuro: comprometer mi futuro. ¿Comprometerme, yo? ¡Eso limita mi libertad! Claro, en el mismo sentido en que vivir en una casa me limita porque ya no vivo en otra. Pero ese "limitar" es un uso muy peculiar y rebuscado de la palabra. Mejor vivir en una casa que no bajo el puente, cosa que limitaría también en varios sentidos.

Miedo al compromiso, decíamos. Un miedo que está en todas partes. Por el fracaso posible, me imagino. Aquí, un post antiguo al respecto. 

Miedo al compromiso, ¿eh? Pues el compromiso -y las promesas- son unas de las cosas que nos diferencian de los animales. El hecho de que nuestro ser no es meramente físico y que, por eso mismo, ha encontrado algunas cosas que tampoco lo son (dos y dos son cuatro, por ejemplo, ya hace mucho tiempo, porque no depende del tiempo).
Y que, imitando a esas cosas, ha visto que podemos surfear por encima de él y afirmar cosas que, en lo que dependen de nosotros, no van a cambiar. No hace falta perder ahora el juicio y dedicarle mucho más tiempo a este asunto. Sólo volver a echar un vistazo al tapetillo para la cerveza que he puesto hoy de foto. Y revalorizar la propia palabra dada: "si quedas, quedas". Educarse y educar en la lealtad: en lo pequeño y en lo grande.

Cerveza y lealtad, claro que sí.

jueves, 30 de junio de 2016

Shakespeare y El Equipo A: valor, dinero y cerebro.

Hace ya un mes o así pude ver este remake de la famosa serie de la que algunas veces disfrutaba cuando era un canijo. Ya me he recuperado: ya puedo decir algo sobre una frase que tomé prestada. Pero, ¡lo que son las cosas!, la voy a unir con una maravilla shakespeareana. Porque resulta que estoy leyendo "El mercader de Venecia" y, claro, cada dos por tres podría pararme a tomar notas. Me he quedado con una, por el momento.

En "El equipo A", ese atajo de hombretones sin ley y métodos, se da un choque de intereses entre ellos y la ley. Poco menos chulos que nuestros protagonistas, en un momento dado, tienen un diálogo con Hannibal.
Empiezan ellos. Y la respuesta de Hannibal está a la altura:

-Ganamos en una semana lo que vosotros en un año.
-El dinero no puede comprar ni el valor ni el cerebro. Y a vosotros os faltan ambas cosas.

Y se va, tan pancho y con uno de sus míticos puros en la boca.

Lo cierto es que la frase es contundente. Y cierta.
Ahora propongo un ejercicio de imaginación.
Ahí va.
¿Qué pasaría si, en lugar de esa frase, le hubiera dicho algo un tanto diferente? Puestos a imaginar, podría habérselo soltado en medio de sus ideas. Es una frase de Basanio, un personaje de El mercader de Venecia:

"¡Cuántos cobardes, cuyos corazones son tal falsos como gradas de arena, llevan en sus rostros las barbas de Hércules y de Marte, con el ceño malhumorado, y cuando se les escruta interiormente se encuentra el hígado blanco como la leche! No se adornan con estas excrecencias del valor más que para hacerse temibles".

Y luego, añadir la suya.

Bromas a parte, es notable el cambio de registro.
Pero se me ocurren dos cosas más.

La primera, que la verdad es poliédrica: tiene muchas caras, aunque sea una. Se puede expresar de muchas maneras. Nadie hay tan tonto que no sea capaz de ser golpeado por la verdad (Truth hits everybody, dice Sting).

La segunda, que el hombre tiene capas... y caras. Y que la verdad está dentro. Y que es mejor que salga habitualmente: ser un hombre veraz no tiene precio, aunque sí coste. Y que compensa.





sábado, 25 de junio de 2016

Avengers II y ¡la familia y el trabajo!

Ayer pude disfrutar de lo lindo de este McDonalds cinematográfico, que eso es "Avengers II: age of Ultron" o "Los vengadores II: la era de Ultrón". Una película de acción para pasar un buen rato y pensar poco. 

Digo poco porque siempre hay alguna cosa bonita en esas películas de machotes con capa, músculos y armas, y tiporras que reparten botefetones a espuertas sin despeinar su precioso cabello de ensueño.
Y aparecieron varias también en esa cinta. Cito la primera y me quedon con la segunda, que explicaremos un poco. Resulta que los Avengers están medio hipnotizados y depresivos, y van a reunirse a un lugar seguro: a casa de uno de ellos, donde espera la fiel mujer con sus hijos pequeños. Todo un detalle. Forzando un poco, lo compararíamos al mítico Ulises volviendo a Ítaca: el hogar, ese imán irresistible si se ha logrado que sea más que una casa, más que puro ladrillo.
Y la segunda: un diálogo estremecedor por su absoluta y devastadora actualidad. Muy fuerte lo he dicho, sí. Pero es así.

Nat, la Avenger a la que encarna Scarlet Johansonn, se enamora de La Masa en su versión no monstruosa. (Aclaro: La Masa es un científico que no puede controlar su transformación a monstruo deforme y fortísimo, por abreviar). En un momento dado, Nat se declara, y La Masa se lo recrimina: no puede controlarse y ser normal. No puede tener hijos. En ese monto, Nat dice que ella tampoco. En el proceso de aprendizaje de asesina profesional, la estirilizan. Ahí van sus palabras:


-Te esterilizan. Es efectivo. Lo único que podrían ser más importante que la misión. 

Breve pero contundente. Malévolo.

Las mujeres -y también los hombres, pero especialmente ellas- tienen un natural instinto maternal. Quieren ser madres. 
Eso lo saben quienes se dedican a explotar laboralmente a las mujeres. Y a los hombres. En la película, está clarísimo. En la vida, posiblemente sea algo más velado, pero también es claro. 
A Nat la esterilizan para que nada se interponga entre ella y su trabajo. ¿Un hijo? No, que es fuente de distracción. Así piensan en la película. 

¿Y en la vida real?
En la vida real es igual de contundente: no dar tiempo para criarlos o, si se da un embarazo, una cierta presión para que no tenga al bebé. Una presión que puede ser sutil y en forma de comentario: "mira, no sé si tendremos sitio para ti después, si te vas". Esa presión no me la invento yo. Ya sé que hay empresas que lo hacen bien, por supuesto.

Para acabar, quisiera señalar que no hay que ser tan directo para ser dañino. 
También es minador e igual de desestabilizador aquel trabajo que no te deja tiempo para los tuyos. Poca familia tendrá quien apenas esté en casa. Hay que estar, y hay que estar en momentos de calidad.

En resumen: me pareció ver un alegato al antiguo y entrañable orden de prioridades. Primero la familia y luego el trabajo. Un equilibrio nada sencillo.