19 razones para disfrutar la alegría

Ahí van 19 razones para vivir la vida con alegría. Se las he robado a un amigo:

la alegría de vivir,
la alegría ante la belleza de la naturaleza,
la alegría de un trabajo bien hecho,
la alegría del servicio,
la alegría del amor sincero y puro.
los hermosos momentos de la vida familiar,
la amistad compartida,
el descubrimiento de las propias capacidades personales y
la consecución de buenos resultados,
el aprecio que otros nos tienen,
la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos,
la sensación de ser útiles para el prójimo
la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios,
el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros,
la posibilidad de hacer proyectos para el futuro.
la experiencia de leer una obra literaria
admirar una obra maestra del arte,
escuchar e interpretar la música
ver una película.

Eso propone a los jóvenes mi amigo, el Papa (¡como lo lees!) en su Mensaje para la Jornada de la Juventud, que tendrá lugar en Roma, el próximo domingo de Ramos. Ahí va el mensaje entero: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/youth/documents/hf_ben-xvi_mes_20120315_youth_sp.html.

El Papa las pesca. El Papa tiene un sentido de la humanidad -de lo que es ser hombre de una pieza y no sólo poseedor de una religiosidad barata-, fuera de lo común. Por eso sabe que Dios es amigo de todo lo humano, e introduce todas las alegrías citadas con estas breves palabras: "Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas:".
Y la catarata de alegrías. A ver qué político encuentra tantas.

¡Hala, a pensar un poco!


PD: Como los hay tan vagos que no linkarán, ahí va.



MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XXVII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2012

«¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp 4,4)

Queridos jóvenes:

Me alegro de dirigirme de nuevo a vosotros con ocasión de la XXVII
Jornada Mundial de la Juventud. El recuerdo del encuentro de Madrid el
pasado mes de agosto sigue muy presente en mi corazón. Ha sido un
momento extraordinario de gracia, durante el cual el Señor ha
bendecido a los jóvenes allí presentes, venidos del mundo entero. Doy
gracias a Dios por los muchos frutos que ha suscitado en aquellas
jornadas y que en el futuro seguirán multiplicándose entre los jóvenes
y las comunidades a las que pertenecen. Ahora nos estamos dirigiendo
ya hacia la próxima cita en Río de Janeiro en el año 2013, que tendrá
como tema «¡Id y haced discípulos a todos los pueblos!» (cf. Mt
28,19).
Este año, el tema de la Jornada Mundial de la Juventud nos lo da la
exhortación de la Carta del apóstol san Pablo a los Filipenses:
«¡Alegraos siempre en el Señor!» (4,4). En efecto, la alegría es un
elemento central de la experiencia cristiana. También experimentamos
en cada Jornada Mundial de la Juventud una alegría intensa, la alegría
de la comunión, la alegría de ser cristianos, la alegría de la fe.
Esta es una de las características de estos encuentros. Vemos la
fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la
tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la
belleza y fiabilidad de la fe cristiana.
La Iglesia tiene la vocación de llevar la alegría al mundo, una
alegría auténtica y duradera, aquella que los ángeles anunciaron a los
pastores de Belén en la noche del nacimiento de Jesús (cf. Lc 2,10).
Dios no sólo ha hablado, no sólo ha cumplido signos prodigiosos en la
historia de la humanidad, sino que se ha hecho tan cercano que ha
llegado a hacerse uno de nosotros, recorriendo las etapas de la vida
entera del hombre. En el difícil contexto actual, muchos jóvenes en
vuestro entorno tienen una inmensa necesidad de sentir que el mensaje
cristiano es un mensaje de alegría y esperanza. Quisiera reflexionar
ahora con vosotros sobre esta alegría, sobre los caminos para
encontrarla, para que podáis vivirla cada vez con mayor profundidad y
ser mensajeros de ella entre los que os rodean.
1. Nuestro corazón está hecho para la alegría
La aspiración a la alegría está grabada en lo más íntimo del ser
humano. Más allá de las satisfacciones inmediatas y pasajeras, nuestro
corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar
«sabor» a la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque
la juventud es un período de un continuo descubrimiento de la vida,
del mundo, de los demás y de sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia
el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de
amistad, del compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales
y se conciben proyectos.
Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de
vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un
trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor
sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para
la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad
compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y
la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen,
la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de
ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos
conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas
dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer
proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una
verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de
admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música
o ver una película.
Pero cada día hay tantas dificultades con las que nos encontramos en
nuestro corazón, tenemos tantas preocupaciones por el futuro, que nos
podemos preguntar si la alegría plena y duradera a la cual aspiramos
no es quizá una ilusión y una huída de la realidad. Hay muchos jóvenes
que se preguntan: ¿es verdaderamente posible hoy en día la alegría
plena? Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se
manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos. Pero, ¿cómo
podemos distinguir las alegrías verdaderamente duraderas de los
placeres inmediatos y engañosos? ¿Cómo podemos encontrar en la vida la
verdadera alegría, aquella que dura y no nos abandona ni en los
momentos más difíciles?
2. Dios es la fuente de la verdadera alegría
En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del
día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque
no lo parezca a primera vista, porque Dios es comunión de amor eterno,
es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se
difunde en aquellos que Él ama y que le aman. Dios nos ha creado a su
imagen por amor y para derramar sobre nosotros su amor, para colmarnos
de su presencia y su gracia. Dios quiere hacernos partícipes de su
alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el
sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y
amados por Él, y no con una acogida frágil como puede ser la humana,
sino con una acogida incondicional como lo es la divina: yo soy amado,
tengo un puesto en el mundo y en la historia, soy amado personalmente
por Dios. Y si Dios me acepta, me ama y estoy seguro de ello, entonces
sabré con claridad y certeza que es bueno que yo sea, que exista.
Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta
de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que
buscamos. En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio
de la vida de Jesús se caracterizan por la alegría. Cuando el arcángel
Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador,
comienza con esta palabra: «¡Alégrate!» (Lc 1,28). En el nacimiento de
Jesús, el Ángel del Señor dice a los pastores: «Os anuncio una buena
noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la
ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc
2,11). Y los Magos que buscaban al niño, «al ver la estrella, se
llenaron de inmensa alegría» (Mt 2,10). El motivo de esta alegría es,
por lo tanto, la cercanía de Dios, que se ha hecho uno de nosotros.
Esto es lo que san Pablo quiso decir cuando escribía a los cristianos
de Filipos: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que
vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca» (Flp
4,4-5). La primera causa de nuestra alegría es la cercanía del Señor,
que me acoge y me ama.
En efecto, el encuentro con Jesús produce siempre una gran alegría
interior. Lo podemos ver en muchos episodios de los Evangelios.
Recordemos la visita de Jesús a Zaqueo, un recaudador de impuestos
deshonesto, un pecador público, a quien Jesús dice: «Es necesario que
hoy me quede en tu casa». Y san Lucas dice que Zaqueo «lo recibió muy
contento» (Lc 19,5-6). Es la alegría del encuentro con el Señor; es
sentir el amor de Dios que puede transformar toda la existencia y
traer la salvación. Zaqueo decide cambiar de vida y dar la mitad de
sus bienes a los pobres.
En la hora de la pasión de Jesús, este amor se manifiesta con toda su
fuerza. Él, en los últimos momentos de su vida terrena, en la cena con
sus amigos, dice: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo;
permaneced en mi amor… Os he hablado de esto para que mi alegría esté
en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (Jn 15,9.11). Jesús
quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la
alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con
que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría
cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él.
Los Evangelios relatan que María Magdalena y otras mujeres fueron a
visitar el sepulcro donde habían puesto a Jesús después de su muerte y
recibieron de un Ángel una noticia desconcertante, la de su
resurrección. Entonces, así escribe el Evangelista, abandonaron el
sepulcro a toda prisa, «llenas de miedo y de alegría», y corrieron a
anunciar la feliz noticia a los discípulos. Jesús salió a su encuentro
y dijo: «Alegraos» (Mt 28,8-9). Es la alegría de la salvación que se
les ofrece: Cristo es el viviente, es el que ha vencido el mal, el
pecado y la muerte. Él está presente en medio de nosotros como el
Resucitado, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,21). El mal no
tiene la última palabra sobre nuestra vida, sino que la fe en Cristo
Salvador nos dice que el amor de Dios es el que vence.
Esta profunda alegría es fruto del Espíritu Santo que nos hace hijos
de Dios, capaces de vivir y gustar su bondad, de dirigirnos a Él con
la expresión «Abba», Padre (cf. Rm 8,15). La alegría es signo de su
presencia y su acción en nosotros.
3. Conservar en el corazón la alegría cristiana
Aquí nos preguntamos: ¿Cómo podemos recibir y conservar este don de la
alegría profunda, de la alegría espiritual?
Un Salmo dice: «Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu
corazón» (Sal 37,4). Jesús explica que «El reino de los cielos se
parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo
vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y
compra el campo» (Mt 13,44). Encontrar y conservar la alegría
espiritual surge del encuentro con el Señor, que pide que le sigamos,
que nos decidamos con determinación, poniendo toda nuestra confianza
en Él. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de arriesgar vuestra vida
abriéndola a Jesucristo y su Evangelio; es el camino para tener la paz
y la verdadera felicidad dentro de nosotros mismos, es el camino para
la verdadera realización de nuestra existencia de hijos de Dios,
creados a su imagen y semejanza.
Buscar la alegría en el Señor: la alegría es fruto de la fe, es
reconocer cada día su presencia, su amistad: «El Señor está cerca»
(Flp 4,5); es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su
conocimiento y en su amor. El «Año de la Fe», que iniciaremos dentro
de pocos meses, nos ayudará y estimulará. Queridos amigos, aprended a
ver cómo actúa Dios en vuestras vidas, descubridlo oculto en el
corazón de los acontecimientos de cada día. Creed que Él es siempre
fiel a la alianza que ha sellado con vosotros el día de vuestro
Bautismo. Sabed que jamás os abandonará. Dirigid a menudo vuestra
mirada hacia Él. En la cruz entregó su vida porque os ama. La
contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una
esperanza y una alegría que nada puede destruir. Un cristiano nunca
puede estar triste porque ha encontrado a Cristo, que ha dado la vida
por él.
Buscar al Señor, encontrarlo, significa también acoger su Palabra, que
es alegría para el corazón. El profeta Jeremías escribe: «Si
encontraba tus palabras, las devoraba: tus palabras me servían de
gozo, eran la alegría de mi corazón» (Jr 15,16). Aprended a leer y
meditar la Sagrada Escritura; allí encontraréis una respuesta a las
preguntas más profundas sobre la verdad que anida en vuestro corazón y
vuestra mente. La Palabra de Dios hace que descubramos las maravillas
que Dios ha obrado en la historia del hombre y que, llenos de alegría,
proclamemos en alabanza y adoración: «Venid, aclamemos al Señor…
postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro» (Sal
95,1.6).
La Liturgia en particular, es el lugar por excelencia donde se
manifiesta la alegría que la Iglesia recibe del Señor y transmite al
mundo. Cada domingo, en la Eucaristía, las comunidades cristianas
celebran el Misterio central de la salvación: la muerte y resurrección
de Cristo. Este es un momento fundamental para el camino de cada
discípulo del Señor, donde se hace presente su sacrificio de amor; es
el día en el que encontramos al Cristo Resucitado, escuchamos su
Palabra, nos alimentamos de su Cuerpo y su Sangre. Un Salmo afirma:
«Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo»
(Sal 118,24). En la noche de Pascua, la Iglesia canta el Exultet,
expresión de alegría por la victoria de Jesucristo sobre el pecado y
la muerte: «¡Exulte el coro de los ángeles… Goce la tierra inundada de
tanta claridad… resuene este templo con las aclamaciones del pueblo en
fiesta!». La alegría cristiana nace del saberse amados por un Dios que
se ha hecho hombre, que ha dado su vida por nosotros y ha vencido el
mal y la muerte; es vivir por amor a él. Santa Teresa del Niño Jesús,
joven carmelita, escribió: «Jesús, mi alegría es amarte a ti» (Poesía
45/7).
4. La alegría del amor
Queridos amigos, la alegría está íntimamente unida al amor; ambos son
frutos inseparables del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). El amor produce
alegría, y la alegría es una forma del amor. La beata Madre Teresa de
Calcuta, recordando las palabras de Jesús: «hay más dicha en dar que
en recibir» (Hch 20,35), decía: «La alegría es una red de amor para
capturar las almas. Dios ama al que da con alegría. Y quien da con
alegría da más». El siervo de Dios Pablo VI escribió: «En el mismo
Dios, todo es alegría porque todo es un don» (Ex. ap. Gaudete in
Domino, 9 mayo 1975).
Pensando en los diferentes ámbitos de vuestra vida, quisiera deciros
que amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos.
Y esto, en primer lugar, con las amistades. Nuestros amigos esperan
que seamos sinceros, leales, fieles, porque el verdadero amor es
perseverante también y sobre todo en las dificultades. Y lo mismo vale
para el trabajo, los estudios y los servicios que desempeñáis. La
fidelidad y la perseverancia en el bien llevan a la alegría, aunque
ésta no sea siempre inmediata.
Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también a ser
generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos
a fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo
necesita hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al
servicio del bien común. Esforzaos por estudiar con seriedad; cultivad
vuestros talentos y ponedlos desde ahora al servicio del prójimo.
Buscad el modo de contribuir, allí donde estéis, a que la sociedad sea
más justa y humana. Que toda vuestra vida esté impulsada por el
espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito
material y del dinero.
A propósito de generosidad, tengo que mencionar una alegría especial;
es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda
la vida al Señor. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de la llamada de
Cristo a la vida religiosa, monástica, misionera o al sacerdocio.
Tened la certeza de que colma de alegría a los que, dedicándole la
vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo
para quedarse con Él y dedicarse con todo el corazón al servicio de
los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que Él regala al
hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el
matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de
Cristo por su Iglesia.
Quisiera mencionar un tercer elemento para entrar en la alegría del
amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de vuestras
comunidades la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la
comunión y la alegría. No en vano san Pablo escribía su exhortación en
plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular, sino que
afirma: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Sólo juntos,
viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar esta alegría. El
libro de los Hechos de los Apóstoles describe así la primera comunidad
cristiana: «Partían el pan en las casas y tomaban el alimento con
alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46). Empleaos también vosotros
a fondo para que las comunidades cristianas puedan ser lugares
privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros.
5. La alegría de la conversión
Queridos amigos, para vivir la verdadera alegría también hay que
identificar las tentaciones que la alejan. La cultura actual lleva a
menudo a buscar metas, realizaciones y placeres inmediatos,
favoreciendo más la inconstancia que la perseverancia en el esfuerzo y
la fidelidad a los compromisos. Los mensajes que recibís empujar a
entrar en la lógica del consumo, prometiendo una felicidad artificial.
La experiencia enseña que el poseer no coincide con la alegría. Hay
tantas personas que, a pesar de tener bienes materiales en abundancia,
a menudo están oprimidas por la desesperación, la tristeza y sienten
un vacío en la vida. Para permanecer en la alegría, estamos llamados a
vivir en el amor y la verdad, a vivir en Dios.
La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha
dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos.
Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad.
Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones,
casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la
luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida
esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada
según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que
construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la
tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como
rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro
corazón.
Pero aunque a veces el camino cristiano no es fácil y el compromiso de
fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra caídas,
Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre
la posibilidad de volver a Él, de reconciliarnos con Él, de
experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger.
Queridos jóvenes, ¡recurrid a menudo al Sacramento de la Penitencia y
la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada. Pedid
al Espíritu Santo la luz para saber reconocer vuestro pecado y la
capacidad de pedir perdón a Dios acercándoos a este Sacramento con
constancia, serenidad y confianza. El Señor os abrirá siempre sus
brazos, os purificará y os llenará de su alegría: habrá alegría en el
cielo por un solo pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).
6. La alegría en las pruebas
Al final puede que quede en nuestro corazón la pregunta de si es
posible vivir de verdad con alegría incluso en medio de tantas pruebas
de la vida, especialmente las más dolorosas y misteriosas; de si
seguir al Señor y fiarse de Él da siempre la felicidad.
La respuesta nos la pueden dar algunas experiencias de jóvenes como
vosotros que han encontrado precisamente en Cristo la luz que permite
dar fuerza y esperanza, también en medio de situaciones muy difíciles.
El beato Pier Giorgio Frassati (1901-1925) experimentó tantas pruebas
en su breve existencia; una de ellas concernía su vida sentimental,
que le había herido profundamente. Precisamente en esta situación,
escribió a su hermana: «Tú me preguntas si soy alegre; y ¿cómo no
podría serlo? Mientras la fe me de la fuerza estaré siempre alegre. Un
católico no puede por menos de ser alegre... El fin para el cual hemos
sido creados nos indica el camino que, aunque esté sembrado de
espinas, no es un camino triste, es alegre incluso también a través
del dolor» (Carta a la hermana Luciana, Turín, 14 febrero 1925). Y el
beato Juan Pablo II, al presentarlo como modelo, dijo de él: «Era un
joven de una alegría contagiosa, una alegría que superaba también
tantas dificultades de su vida» (Discurso a los jóvenes, Turín, 13
abril 1980).
Más cercana a nosotros, la joven Chiara Badano (1971-1990),
recientemente beatificada, experimentó cómo el dolor puede ser
transfigurado por el amor y estar habitado por la alegría. A la edad
de 18 años, en un momento en el que el cáncer le hacía sufrir de modo
particular, rezó al Espíritu Santo para que intercediera por los
jóvenes de su Movimiento. Además de su curación, pidió a Dios que
iluminara con su Espíritu a todos aquellos jóvenes, que les diera la
sabiduría y la luz: «Fue un momento de Dios: sufría mucho físicamente,
pero el alma cantaba» (Carta a Chiara Lubich, Sassello, 20 de
diciembre de 1989). La clave de su paz y alegría era la plena
confianza en el Señor y la aceptación de la enfermedad como misteriosa
expresión de su voluntad para su bien y el de los demás. A menudo
repetía: «Jesús, si tú lo quieres, yo también lo quiero».
Son dos sencillos testimonios, entre otros muchos, que muestran cómo
el cristiano auténtico no está nunca desesperado o triste, incluso
ante las pruebas más duras, y muestran que la alegría cristiana no es
una huída de la realidad, sino una fuerza sobrenatural para hacer
frente y vivir las dificultades cotidianas. Sabemos que Cristo
crucificado y resucitado está con nosotros, es el amigo siempre fiel.
Cuando participamos en sus sufrimientos, participamos también en su
alegría. Con Él y en Él, el sufrimiento se transforma en amor. Y ahí
se encuentra la alegría (cf. Col 1,24).
7. Testigos de la alegría
Queridos amigos, para concluir quisiera alentaros a ser misioneros de
la alegría. No se puede ser feliz si los demás no lo son. Por ello,
hay que compartir la alegría. Id a contar a los demás jóvenes vuestra
alegría de haber encontrado aquel tesoro precioso que es Jesús mismo.
No podemos conservar para nosotros la alegría de la fe; para que ésta
pueda permanecer en nosotros, tenemos que transmitirla. San Juan
afirma: «Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis
en comunión con nosotros… Os escribimos esto, para que nuestro gozo
sea completo» (1Jn 1,3-4).
A veces se presenta una imagen del Cristianismo como una propuesta de
vida que oprime nuestra libertad, que va contra nuestro deseo de
felicidad y alegría. Pero esto no corresponde a la verdad. Los
cristianos son hombres y mujeres verdaderamente felices, porque saben
que nunca están solos, sino que siempre están sostenidos por las manos
de Dios. Sobre todo vosotros, jóvenes discípulos de Cristo, tenéis la
tarea de mostrar al mundo que la fe trae una felicidad y alegría
verdadera, plena y duradera. Y si el modo de vivir de los cristianos
parece a veces cansado y aburrido, entonces sed vosotros los primeros
en dar testimonio del rostro alegre y feliz de la fe. El Evangelio es
la «buena noticia» de que Dios nos ama y que cada uno de nosotros es
importante para Él. Mostrad al mundo que esto de verdad es así.
Por lo tanto, sed misioneros entusiasmados de la nueva evangelización.
Llevad a los que sufren, a los que están buscando, la alegría que
Jesús quiere regalar. Llevadla a vuestras familias, a vuestras
escuelas y universidades, a vuestros lugares de trabajo y a vuestros
grupos de amigos, allí donde vivís. Veréis que es contagiosa. Y
recibiréis el ciento por uno: la alegría de la salvación para vosotros
mismos, la alegría de ver la Misericordia de Dios que obra en los
corazones. En el día de vuestro encuentro definitivo con el Señor, Él
podrá deciros: «¡Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor!»
(Mt 25,21).
Que la Virgen María os acompañe en este camino. Ella acogió al Señor
dentro de sí y lo anunció con un canto de alabanza y alegría, el
Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi
espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,46-47). María respondió
plenamente al amor de Dios dedicando a Él su vida en un servicio
humilde y total. Es llamada «causa de nuestra alegría» porque nos ha
dado a Jesús. Que Ella os introduzca en aquella alegría que nadie os
podrá quitar.
Vaticano, 15 de marzo de 2012
BENEDICTUS PP. XVI
© Copyright 2012 - Libreria Editrice Vaticana

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