Lecciones olímpicas XI: ceremonia de clausura y súpermodelos

No sé apenas ninguna cifra sobre la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos: cuánta gente la siguió, cuánto les costó, qué cobraron los que tocaban, por qué no tocaron U2 o Sting, etc... Son preguntas que uno se hace. Y otras. Por ejemplo: en un momento dado, aparecieron, anunciadas a bombo y platillo, unas súpermodelos (y un súpermodelo). Y digo yo: ¿modelos de qué? Para un servidor, se acabó ahí la paridad. Y, como decía uno de mis hermanos, empezó la parida. Así, sin "d". Es más que evidente que los juegos olímpicos traen a nuestras pantallas a los cuerpos más jóvenes y fibrados y esculpidos del planeta. Gratis. Pero nadie se imagina que los valores que las olimpiadas traen consigo sean esos. Pues ¿a qué viene ese desfile? Es una contradicción. Y prefiero llamarla contradicción a pensar que no hay valores en las olimpiadas. Sé que los hay: el esfuerzo, como mínimo.
Visto que las súpermodelos no son modelos en absoluto, busquemos otros. ¿En qué sentido pueden serlo los atletas olímpicos? El mítico ya nadador Phelps resumía en dos frases sus aspiraciones vitales, una vez ganadas la friolera de 22 medallas: "bajar en jaula para ver tiburones" y "aprender a jugar bien a golf, y no solo darle a la pelotita". Decir que se le hiela a uno la sangre al oir eso es poco. Será que tampoco en eso lo son. Algunos (no todos: lo supongo) han perdido el equilibrio: mucho cuerpo y poco espíritu. Eso también es una lección.
No estaría demás que alguien publicara entrevistas a los medallistas para que explicaran a qué han renunciado para estar allí. Es decir, la otra cara de la moneda, sin la que la moneda no es moneda. En eso sí son modelos, si no han hecho trampa.

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