Libertad sin raíces y hombres del piano


Sobre la libertad se han escrito miles de libros, de poemas, de panfletos... Se han pintado cuadros. Se han compuesto sinfonías, y canciones. Ha muerto gente, personas con nombre y apellidos, para defender su libertad. 
No es moco de pavo.
Pues bien, hace ya unas semanas tuve la ocasión de escuchar una de las canciones de mi adolescencia. Ojo, no por edad, sino porque mi padre la escuchaba a menudo, y es una canción poderosa, que se engancha: "El hombre del piano", versionada por Ana Belén. 

Como suele pasar, al menos a un servidor, la realidad golpea no dos, sino muchas veces. Y uno pasa por un libro o una canción sin más, hasta que en un momento dado te da un bofetón: unos versos, un acorde, un solo. Algo.

Eso sucedió con "El hombre del piano". 


Dice: 

"Ella siempre temió echar raíces 
que pudieran sus alas cortar
 y, en su jaula metida, la vida se le iba
 y quiso sus fuerzas probar".

Y luego sigue.
Me quedo con la primera parte, con los dos primeros versos. Son una bonita descripción de nuestro estado, del estado de muchos de nuestros coetáneos. Pocas veces había visto (ninguna, porque no me había fijado en estos versos anteriormente)  tan bien descrita la aparente paradoja que se da entre libertad y entrega, entre ser libre y ligarse a alguien. 
La libertad entendida como ausencia total de ataduras nos lleva derechos a la gran contradicción. Las alas son para volar. Las raíces, para alimentar el árbol. Sin raíces, no se crece; pero las raíces agarran a algo sólido. Y eso me quita "libertad" para volar. 
Y así, se ve uno en la apartente necesidad, que frustra, de tener que elegir entre volar y crecer. 
Se destapa fácilmente el error, que se da, como casi siempre, por exagerar los términos.  (La poesía: esa -según cómo- tan peśima filósofa. )
Se contrapone volar sin tener atadura alguna, y estar atado al suelo irremisiblemente. 
Ni tanto, ni tan calvo. 
Y eso, sin tener en cuenta que los árboles no vuelan. Y que los pájaros no tiene raíces. 
Lo bueno de ser hombre es que uno entiende estas metáforas, y se entiende en ellas.
La libertad y la entrega (o la tradición, o la verdad, o lo objetivo)  no se contraponen, se retroalimentan: cuanto más soy yo (más libre) más puedo darme libremente.
Dicho de otro modo, mi pasado me alimenta para llegar a mi más alto futuro.

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