La Catedral de Toledo: una de bien y mal... y cada uno de nosotros

Volvamos a la catedral de Toledo. Tomé alguna fotografía.
Tiene su gracia -y su Gracia, en sentido espiritual ahora- cómo los artistas explicaban la teología, incluso la moral, a base de cuadros y esculturas. Para que entrar por lo ojos, vamos. Es sabido que, en por aquellos entonces, la gente era más bien analfabeta. Analfabeta, que no tonta. No sabían leer ni escribir, pero sabían vivir: eran sabios. A eso tendemos nosotros, chuleando con la posibilidad de hablar cinco lenguas... En fin.
La foto no es muy buena. O no se ve bien. La vida.
Pero la explico. En la circunferencia central, Dios. A su derecha, una estatua de una moza desnuda, bajo la cual se lee "inocencia". A su izquierda, lo mismo, pero vestido: "culpa". Con una sencillez basada en el estilo y la colocación, se nos explica que  Dios es el verdadero juez de los hombres. Es Él quien juzga. «De internis neque Ecclesia iudicat», según decía el Concilio de Trento. (Cfr. CONC. DE TRENTO, D. de S. Paenitentiae, cap. 5 (D. 899-900))  O sea, que de lo interno, no juzga ni la Iglesia: ya Dios se encarga de saber de qué pasta estamos hechos. 

En resumen: que aquí no hay nadie que se salve de cosas malas, salvo los que ya han acabado su paso por la tierra. Todos estamos entre la inocencia y la culpa. Y aprender que Quien juzga es alguien de mirada paternal le puede descansar a uno.

Eso, y mucho más, en la catedral de Toledo. ¿En qué lugar más propio, si no?

Pero hoy, por el contrario, nos basamos en la suposición explícita (lo que se ve en la calle, en las películas, en el sentir popular...) de que no hay cosa mala, de que somos buenos... Nadie tiene por qué decirte qué has hecho mal... luego somos buenos.
Ahí está el paso equivocado, que la Iglesia Católica -experta por vieja y divina- sabe evitar. 
De "que no me juzgue nadie" no se sigue "soy siempre bueno y nada malo hay en mí".
A eso me refería. 
Al reconocimiento de la propia culpa le sigue la confesión por parte del que ha obrado mal. Y no el tirar de la cuerda de alguien ajeno, para que uno se declare culpable.
¡Cuánto psicólogo y psiquiatra ahorra el reconocimiento de los propios errores! ¡Y cuán patéticas las entrevistas en que uno se lanza con aquel penoso "no me arrepiento de nada"! 
Hasta aquí.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Eres bueno tio!
Me gusta mucho tu blog, aunque a veces me gustaria que fueras mas simple. Escribieras lo mismo pero para los verduleros tambien!
Un saludo
jose quintano ha dicho que…
Gracias.
Lo intento, pero a veces tengo poco tiempo para que parezca sencillo.
Volveremos a la carga.