El puente de los espías: verdades y derechos intangibles, inmutables e intemporales


Han pasado unos días ya, pero todavía recuerdo con satisfacción algunas escenas y diálogos de "El puente de los espías", la última película de Spielberg, que recomiendo vivamente. 
Por casualidad, había escuchado en la radio una crítica de la película. Era favorable. Decía que Spielberg había vuelto a las películas de guión y personajes, más que de acción. No sé mucho de este gran director de cine, pero me pareció que aquella crítica dejaba por los aires a la película. Personajes: modelos, que es lo que necesitamos hoy día. Y siempre.

Así, desde el principio de la película, está bien elegido y filmado lo que se quiere transmitir.
Me quedaría con tres frases, que describen a los dos personajes y su manera de ver el mundo, tan distante en los superficial y tan parecida en lo profundo:

La primera es la reiterada y fría respuesta del presunto espía soviético -"¿Ayudaría?"- a las emocionales preguntas del abogado: "¿No le da miedo morir?", y similares. Retrata el frío soviético encarnado en una persona. Es interesante ver cómo esta frialdad es simulada: la coraza protectora de una sensibilidad de artista; y de la identidad de un espía, ni más ni menos.

La segunda es la descripción que da el espía de su abogado, Tom Hanks. Le acaba por llamar "hombre firme": hombre de principios. Es un momento fuerte de la película. El espía ha sido fiel a sus ideales, y también el abogado americano, que le defiende por encima de intereses mezquinos. 

La tercera frase, que bien puede ser un resumen de la película y su tema, es la dura y concisa respuesta de Tom Hanks a un pez gordo de la CIA. En una discusión, el jefazo le intenta extorsionar: la situación de tensión de guerra hace que, según su visión, deba dejar de lado el secreto de oficio de abogado y sacar a la luz lo que el espía le diga en sus conversaciones. El gran argumento que le da, visto el status quo del momento, es que el espía es ruso y que no tiene derechos en América. El bien de la país requiere el "aquí no hay reglas".
La respuesta es brillante. No voy a citarla literalmente, pero es algo así como: "usted es Hoffmann, alemán; yo, Donovan, Irlandés. Lo que nos hace americanos es una norma. La constitución. Son normas que acordamos. Nos hacen americanos. Así que no me diga que no hay normas". La puntilla, que se hace imprescindible para dar ese toque de tensión necesaria, es memorable: "y deje de asentir, maldito hijo de puta". 

Al final, tanto el espía como el abogado, tan diferentes en apariencia, se guían por unos valores que están por encima de sus vidas. La constitución no es sólo "un acuerdo que hicimos". Lo respeto porque veo que hay algo que sobrepasa a nuestro mero acuerdo, y que es la razón por la que lo acordamos y por la que juramos defenderla. No es papel mojado: son leyes no escritas que empapan las leyes escritas, razón por la que uno no puede desobedecerlas así como así... en conciencia. Y ese "en conciencia" hace que uno sea un "hombre firme". Con lo que se cierra el círculo.

Y que cada uno tire del hilo.

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