Optimismo vital

Juan Pablo II era un hombre de gran inteligencia y respuestas impresionantes. Una vez (y otra, que añado al final, que no va del todo con el tema), una persona de confianza le preguntó a bocajarro cómo veía el futuro del mundo y de la Iglesia. Después de unos segundos, sonrió y le devolvió la pelota con dos palabras: "con optimismo". 

Reconozco que cuando leí esta anécdota, me quedé un poco bloqueado: no me la esperaba. Me pareció, como decía antes, una respuesta inteligente, ingeniosa, profunda y, sobre todo, coherente. ¿Coherente? Eso mismo, sí. Porque, bien pensado, ¿qué otra cosa va a decir un hombre de fe? Es decir, un hombre que tiene una visión tan vigorosa -con un vigor prestado, pero hecho propio- que permite ver las cosas desde el punto de vista de Dios. Eso hace la fe con los creyentes. (El modo en que lo hace no es tema que toque ahora discutir: basta ver la vida de los santos para darse cuenta de que algo hay). 

La fe te presta las gafas de Dios. Lo cual es, dicho sea de paso, algo que parece a una espada de doble filo: es una arriesgada seguridad. El optimismo y la ayuda -gracia- vienen de serie, por decirlo de algún modo, pero no el esfuerzo que uno ha de poner para arremeter con todos los obstáculos (uno mismo incluido).

Pues bien. ¿A qué viene todo esto? A que basta con hojear un diario o ver cualquier telediario para darse cuenta de que la mayoría de personas que poblamos el planeta tierra no somos así de optimistas.

Sobre ese particular quería yo hablar. Pienso que se trata de algo subjetivo (propio del sujeto) que actúa sobre lo objetivo, realzando lo positivo sobre lo negativo. Especialmente en las situaciones en que cuesta verlos. 

Se habla del vaso medio lleno o medio vacío. 
El optimista diría que está medio lleno. Y, en caso de vaso vacío, que tenemos vaso, que estaba lleno y que, por tanto, puede llenarse aún.
El optimismo no es solo subjetivo: también es objetivo. El optimismo no llena el futuro de bien, pero sí lo muestra posible. Y lo hace a partir del pasado bien analizado. Si no, no es optimismo: es tontería. Hay que contar con todas las bazas: las malas, ya ocurridas, y las buenas, pasadas y capaces de suceder todavía. El vaso ya no está lleno, pero lo llenaremos.

Decía Shakespeare en su inmortal Otelo: "Tomad el lado bueno de las cosas: más vale tener las armas rotas que las manos vacías". 
Otros refranes populares van a lo mismo: "yo no fracaso: tomo experiencia y aprendo".

No voy a cargar ahora la mano con frases de santos o gente religiosa, pero me vienen varias a la cabeza. Y diré dos. Pero antes, una idea. Aunque he intentado dar la razón de esto al principio, aquí va otra idea: la fe en un Dios Padre (y no solo Todopoderoso) cambia el planteamiento de partida... y de final. 
Me explico: si sabes que el partido va a acabar bien (lo estás viendo en diferido porque estabas trabajando, por ejemplo), lo ves con más ganas, sobre todo cuando a principio pierdes. Y más si te están dando una paliza. Porque sabes dos cosas: que estás perdiendo, cosa innegable, y que vas a remontar. 

Lo dicho. La primera, de san Agustín, en su sermón 80
Abundan los males, pero Dios lo quiso. ¡Ojalá no abundaran los malos y no abundarían los males! «Malos tiempos, tiempos fatigosos» —así dicen los hombres—. Vivamos bien, y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros; como somos nosotros, así son los tiempos. Pero ¿qué hacemos? ¿No podemos convertir a la vida santa a la muchedumbre de los hombres? Vivan bien los pocos que me escuchan; los pocos que viven santamente soporten a los muchos que viven malvadamente.
No hay peligro -lo digo para quien lo piense- de que Agustín se meta en el saco de quienes lo hacen bien y llame de todo a quienes lo hacen mal. El mismo que dice eso escribió Las confesiones, donde se pone a parir a sí mismo; y además, bien leídas esas líneas, lo que hace es, precisamente, cantar las cuarenta a sí mismo y a quienes le escuchan.

La segunda frase, breve y menos llamativa, viene del Papa actual, en su Misericordia et misera, la última carta que ha escrito. Señala allí que
Durante el Año Santo, especialmente en los «viernes de la misericordia», he podido darme cuenta de cuánto bien hay en el mundo. 

¿Y qué?
Pues que de eso se trata: de ver que, entre tanto cieno y mal, hay cosas buenas. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Pero para darse cuenta de eso hay que haber sido educado también. Más trabajo para padres y maestros. Y para uno de nosotros. 




PD: Decía al principio que las respuestas de San Juan Pablo II eran desconcertantes pero certeras, precisas y realistas: impresionantes. En una ocasión, un periodista se le acercó y, de sopetón, le disparó un "santidad, ¿cómo definiría a la Iglesia en una palabra?". Y él, ni corto ni perezoso, resumió toda la eclesiología (y demás ramas de la teología) en un impecable e inapelable concepto: "salvación". 
Aplausos.

PDII: NO he dicho en todo el post que sólo el católico u hombre de fe pueda ser optimista. Pero digo ahora que sí debe serlo. Y que bienvenidos sean los demás.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
No hay que confundir el optimismo vital con la "predicación positiva". Señalar o centrarse sólo en lo bueno, no implica necesariamente tener una visión optimista, sino que puede implicar una visión sesgada y pueril, que lleva con facilidad a justificar incluso el pecado en nombre de "las buenas intenciones". El problema del hombre es el pecado. El pecado existe porque somos pecadores. La respuesta al pecado es la Cruz. El optimismo cristiano vive de la fe y de la esperanza, y se manifiesta en la caridad. El optimismo del mártir no se fundamenta en que "todo irá a mejor", sino en que Dios ama al pecador que le martiriza.
jose quintano ha dicho que…
Una buena explicitación de lo dicho.